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La cruzada de Marv en Sin City (2005, Robert Rodríguez, Frank Miller)

Marv es el tipo más duro de la ciudad. No le roces, mejor que ni le mires, jamás te metas con él. Y no le dispares, porque aunque vacíes tu cargador, el tipo se mantendrá de pie y vendrá a por ti para hacerte tragar cada bala que le has disparado.

 Y luego te matará. Pero no temas, estamos hablando de un buen tipo. Marv es un marginado, alguien que un día tuvo un buen corazón, o que quizás si llegara a cumplir, pongamos cien años, lo llegaría a tener. Ayer por la noche se acostó con una mujer, y aquello fue distinto, sublime. Jamás había pasado una noche así con nadie. Una chica bajada del cielo que durante unas horas se lo dio todo, a él, al marginado, al deforme, a Marv. Es de día, Marv se despierta y a su lado, yace esa mujer… Muerta ¿Quién ha sido el mal nacido? Marv ya tiene trabajo ¿Quién te mató mi amor? ¿Quién es capaz de hacer algo así? Caiga quién caiga, que nadie se interponga, muerte segura. Venga la muerte de tu amada Marv. Luego, muere.

La búsqueda de venganza de Marv es una de las románticas –sí, románticas- narraciones de “Sin City”; historias de justicieros que no pegarían jamás a una mujer, viejos enamorados de jóvenes a quienes han salvado la vida, héroes con problemas del corazón (en los dos sentidos de la expresión), con una vida en su recta final, que arriesgan su vida para un último gesto de humanidad. Y junto a este panorama de novela heroica trasnochada, el contraste que hace de “Sin City” lo que es, un vibrante espectáculo que tiende puentes entre un romanticismo de cuento y la falta más absoluta de moral, en este caso, la de los antagonistas del héroe, el poder. Políticos a quienes el término corrupto no les hace ni parpadear, hijos de políticos pederastas, hijos de políticos de físico vomitivo que violan a docenas de mujeres y sólo llegan al orgasmo cuando estas gritan de dolor, policías asesinos y chiquillos de fuerza sobrenatural que seccionan los miembros de mujeres jóvenes y… se los comen.

Y no hay más. “Sin City” es una habitación donde se dan de ostias Lancelot y Henry Lee Lucas, sin reparar en daños colaterales ni litros de sangre. Todo ello, por supuesto, encumbrado por la nueva estética (nueva en cuanto a adaptación cinematográfica) de cómic creada por Frank Miller. Negros absolutos contrastados con blancos brillantes, planos extremos, diseñados y construidos a modo de viñeta, estampas, más que escenas, momentos, gestos sacralizados en un tempo heredero del spaghetti western. Y una voz en off que habla, habla y habla, demostrando que la imagen no llega más allá del mero espectáculo expositivo, y que hay que explicar las cosas.

Pero aunque cualquier estudiante de cine de corte Cahiers du Cinema rechazaría esa voz en off, esos planos ultra estéticos pero vacuos, esas historias tan y tan sencillas alargadas hasta mucho más de lo que dan de si, otros, entre los que me cuento, nos sentimos tan abrumados que dejamos de un lado nuestros prejuicios que aprendimos en aquellos días en que Garci iluminaba, cigarro en mano, las pantallas de los lunes en Televisión Española 2, y entonces disfrutamos con el espectáculo. Me encanta la voz en off, adoro las estampitas, me emocionan esos planos de inacabable manierismo. Y para colmo, la siguiente película adaptada de una obra de Frank Millar, “300″, todavía más exagerada estéticamente y más vacua de verdadero contenido y narración, me ha gustado igual o más. Me doy por vencido ante el despliegue estético y me olvido que el cine primero es contenido. That´s entertaintment! ¡Qué diablos!, esos eran aquellos pesadísimos debates de facultad, y yo ya no soy un estudiante de cine cahierista.

De las historias que conforman el fresco de esta oscura ciudad del pecado en la que parece que no amanece nunca, siempre me he sentido muy metido en la del pobre Marv. Un ser deforme, tan de vuelta de todo que no va a ningún sitio, alguien que da mucha lástima. Marv, además, es mucho más que un personaje, es también el actor que lo encarna, Mickey Rourke, que presta su voz, su cuerpo y su actitud para crear esta bestia en busca de su última noche heroica. En su cruzada, habrán muertos a docenas, torturas, un enfrentamiento con el chavalito caníbal, una victoria pírrica y una constatación, los políticos son los que seguirán manejando el cotarro, haga lo que haga Marv.
Esta historieta se nos cuenta de forma más que básica, no se profundiza en ningún elemento, es como una canción de Nirvana, con calma, estallidos de furia y calma de nuevo, con un mensaje desesperado pero muy claro, pero con una extraña cualidad adictiva, algo que hace que no puedas despegarte de Marv durante la media hora que dura su peripecia. Y lo mismo ocurre con la narración que protagoniza Bruce Willis (con un perfecto final) y la de Clive Owen, la más floja en mi opinión. Es la estética, la cualidad hipnótica de la imagen que ya iba incluida en el cómic original, hasta el punto que hay un montón de planos calcados de las páginas de Frank Miller, lo que creo que no hace más que contentar a los seguidores del cómic y epatar a los novatos, porque el “Sin City” original, ese sí, era revolucionario.

Quizás lo que si ha ocurrido en la adaptación es que Rodríguez y Miller no han podido ajustar bien el factor tiempo. “Sin City”, el cómic, lo lees de un tirón, “Sin City”, la película, son dos horas que, aunque no dejas de pasártelo bien, se hacen demasiado largas. Las historias no dan ni mucho menos para tanto. Pero es lo que digo, las espectaculares imágenes vencen estas reticencias.

“Sin City” es violenta, romántica y absorbente. Atrevida dirían muchos, en cuanto a exposición de la violencia, pero nunca entenderé como si bien vemos como Bruce Willis le arranca los cojones a un tipo, no podemos ver, en el apartado sexual, más que los típicos planos de mujeres perfectamente vestidas contoneándose a cámara lenta. Y más sabiendo que todos los personajes del film pierden la cabeza por las mujeres, ellas son el motor de su vida y su perdición. Pero en pantalla, violencia sí, sexo nada de nada. Ni un pecho, ni un culo. No es que vaya ahora de salido, pero no se corresponde en el film la carga violenta con la carga sexual. Supongo que “Sin City” sigue siendo una cinta comercial, en la que la sangre abunda pero no es roja y las strippers no seducen ni a un chaval de doce años. Un toque a lo Saló, de Pier Paolo Passolini no habría quedado mal aquí.

Nada, tan sólo unas chicas desnudas comiendo chinchetas a cuatro patas delante de varios ricachones recién cenados. Allí sí que veo al bueno de Marv impartiendo justicia.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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