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La mujer pantera: Escena de Alice acosada en la piscina

La trilogía de terror formada por La mujer pantera (1942), Yo anduve con un zombie (1943) y El hombre leopardo (1943) que dirigió Jacques Tourneur para la RKO, con producción de Val Lewton, mantiene una vigencia rara en un género tan propenso a caducar entre los vaivenes de los nuevos tiempos y el cambiante gusto del público.

Estos tres films, junto con alguno más que formó parte de un paquete de nueve producciones de serie B que Val Lewton debía entregar a la RKO a mediados de los cuarenta con los menores gastos posibles en producción (memorable y poco conocida película de este ciclo es Ghost ship, El barco fantasma, de 1943, dirigida por Mark Robson, que equiparo sin rubor a la trilogía de Tourneur), han sido objeto de infructuosos remakes y segundas partes olvidables, han sufrido un a veces bochornoso expolio de sus logros estilísticos y, sobre todo, no han pasado nunca de moda.

La vigencia de, puestos a hablar ya del film que nos ocupa, La mujer pantera, pasa por el efecto que aún produce en el espectador. Todavía buscamos sombras en este o el otro plano, todavía esperamos con ansiedad la aparición de la pantera, aún sentimos una fascinación al borde del abismo por Simone Simon, Irena en la película. Muchos se ríen del Frankenstein de Karloff y James Whale, y no hace mucho asistí a una proyección del primer Drácula de Terence Fisher en la filmoteca de Barcelona y, bien, por la reacción de parte del público, si cerrabas los ojos, te parecía estar asistiendo a una proyección de Loca academia de policía.

Visto lo visto, la gente perdió el miedo al cine de terror clásico hace ya mucho, y es normal, pero en cambio nadie se ríe de La mujer pantera. El terror clásico, hoy caduco, pierde adeptos porque la gente ya no se cree que un tío disfrazado de momia pueda meterte el miedo en el cuerpo, pero en el caso de La mujer pantera, no hay monstruo cutre del que mofarse, no hay disfraces ni efectos especiales artesanales.

Las imágenes del film de Tourneur no son certezas físicas sino texturas, luces y sombras que esbozan más que muestran, un terror que, en un cincuenta por ciento es obra de la puesta en escena, y en otro cincuenta del propio espectador que imagina cómo es de verdad aquello que no se le muestra.

La mujer pantera es un film inacabable, infinito, porque las generaciones venideras seguirán dibujando en su mente a la pantera, la sangre, la metamorfosis de Simone Simon convirtiéndose en la bestia venida de Europa del Este, y en cada época, se lo imaginarán de forma distinta, y por ello la película seguirá viva, sugiriendo sin mostrar, más allá de las estéticas y de los efectos especiales de cada momento. Inquietud, textura, claroscuro, la poética de la ausencia, sugestión… son términos que no pasan de moda, conceptos que pertenecen al cine de un creador en continuo estudio y reivindicación, Jacques Tourneur.

Muchos conocen la escena del acoso en la piscina en La mujer pantera. Se trata de una de las secuencias más conocidas del terror cinematográfico. Una mujer, Alice, nadando tranquilamente en una piscina cubierta. Un baño relajante interrumpido por extraños sonidos, panorámicas alrededor de la piscina siguiendo el rastro de alguna bestia que no llegamos a ver, el agua dibujando caprichosas ondas en el techo del recinto, y Alice sin poder salir de la piscina, flotando en medio del agua, mientras algo monstruoso que no llegamos a ver se pasea alrededor del agua, esperando a que Alice se le agoten las fuerzas y tenga que salir.

La amenaza de lo desconocido, la imposibilidad tanto nuestra como de la protagonista en distinguir que es exactamente lo que acecha entre las sombras. Una pantera, si, pero prácticamente en ningún momento se nos explicita con imágenes su presencia. No es tanto la certeza de que sea o no la pantera, como el hecho de que tengamos que imaginarla.

Al cabo de unos segundos la recepcionista del club de gimnasia, alertada por los gritos de socorro de Alice baja a la piscina y abre la luz. Entonces notamos la figura de la extraña Irena (Simone Simon), quién presuntamente había seguido a Alice hasta el club deportivo y, corroída por los celos, se había metamorfoseado en pantera y había intentado asesinarla. Ahora, cínicamente complacida, de nuevo transformada en mujer, mira a su rival, satisfecha y divertida por haberla tenido por momentos en sus manos.

Ante cualquier duda de si, efectivamente, Irena es o no la pantera, la recepcionista encuentra, al final de la escena, el albornoz de baño de Alice desgarrado presuntamente por la bestia negra. Precisamente este y algún otro detalle que rompe con la ambigüedad del film responden más a presiones por parte del estudio para visualizar (y por tanto, masticarle más la película al espectador) al enemigo –la pantera- en el film, algo opuesto totalmente a la huida de la certeza que emprende Tourneur en cada plano.

Algo por el estilo le ocurrió al director en otra de sus obras maestras que deberemos comentar prontamente en alguna de las secciones de Mundocine, la pieza La noche del demonio (1957) oscurísima, maldita, casi peligrosa cinta sobre maldiciones satánicas en la que Tourneur explora más profundamente si cabe su estilo en el umbral de las sombras y la luz sin llegar a mostrar al monstruo del film en su totalidad, tan solo sugiriéndolo con los efectos de sonido y la fotografía; desgraciadamente, como ya decimos, el estudio se empeñó en que se añadiera al final del film una aparición física al 100% de este monstruo, negando así todo el tejido de sutilezas y sugerencias que Tourneur había construido en el resto de la película.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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