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La visita a K Mart en “Bowling for Columbine” (2002, Michael Moore)

El problema de la posesión de armas en Estados Unidos partiendo del recuerdo de la tragedia vivida en un instituto de Colorado, donde dos adolescentes acabaron con la vida de doce alumnos compañeros suyos, un profesor y dejaron a docenas de heridos en una tragedia que, ya en el 2007, ha sido superada por los terribles asesinatos de otro estudiante, esta vez en la universidad de Georgetown.

Cuando se estrenó “Bowling for Columbine” fue como una revelación. Muchos, muchísimos aplaudimos su descarnada crítica al establishment norteamericano, la verdad es que el estilo desenfadado, humorístico a la vez que casi melodramático de Moore nos pilló –a los que no le conocíamos de sus programas de televisión o del documental de 1989 “Roger & me”- completamente por sorpresa. De hecho, en una época, estos principios del siglo XXI, en el que está tan de moda ser antiamericano (¿Y por qué no anti chino? ¿O anti alemán? ¿O anti suizo? A veces parece que preferimos quejarnos de otros países en vez de mirar al nuestro propio, igual o peor que la tierra de los Bush), Michael Moore caló hondo, decía lo que todos queríamos oír, y lo hacía con una gracia y originalidad irresistibles.

En “Bowling for Columbine” hay una escena que no es sino un buen resumen del hacer de Moore tras la cámara: en un momento dado, se le ocurre coger a dos supervivientes de la matanza, uno que se quedó en silla de ruedas, otro con dificultades para coordinar sus movimientos fruto de los disparos de los chicos asesinos de Columbine, y los lleva a mismo centro comercial, K mart, donde se compraron las balas que casi acaban con su vida. Moore quiere mostrar a la cámara que en un inocente supermercado uno puede comprar balas, todas las que quiera, y luego con ellas puede matar a personas. Uno de los principales problemas, asegura Moore, es que cualquiera puede hacerlo, y los grandes malls que venden este tipo de productos son por ello corresponsables de una tragedia como la de Columbine.
Hasta aquí bien. Me indigna profundamente que en el mismo lugar donde compro mis zapatillas, la leche y las patatas fritas, pueda añadir a mi carro de la compra unas cuantas decenas de balas. Y la escena es impactante. En primera instancia, los encargados del centro comercial no se toman en serio a Moore y los dos chicos, esperan que se vayan y dejen de molestar, pero el director tiene una buena treta para la mañana siguiente: acude de nuevo con los dos supervivientes, esta vez acompañado por un montón de periodistas. Y por supuesto, ahora le hacen caso, y K Mart se compromete finalmente delante de las cámaras a dejar de vender munición en todos sus centros.

Un ejemplo este de documental útil, no hay duda, pero también la prueba de las artes manipuladoras de Moore. Él no retrata una situación, sino que la fuerza, la hace casi irreal, participa en ella, la modifica ¿Qué van a hacer los tipos de K Mart si te presentas con un montón de cámaras? ¡Lo que sea con tal de que les dejen en paz! ¿Dejar de vender balas? De acuerdo Michael, aquí las tienes. Sí, desde luego que consigues dejar al descubierto la hipocresía de esta empresa, pero a la vez no retratas una situación tal y como es, no estás haciendo documental, estás creando ficción. Es más, Moore se sitúa peligrosamente en un terreno de superioridad moral, como cuando le pide a Charlton Heston que se disculpe por haber organizado un acto de la NRA (la Asociación Nacional del Rifle, de la que él es presidente, un influyente lobby promueve la libre posesión de armas) en Colorado, diez días después de la tragedia del instituto que golpeó a este estado ¿Hace falta pedirle eso? ¿No es mejor que sean las palabras de actor las que hablen por si solas de su moral? Moore sabe de sobras que Heston no pedirá disculpas, pero él insiste porque con ello ya tiene escena climática, es como si él mismo fuera escribiendo el guión de su película mientras entrevista a Heston: ahora toca momento de clímax, ahora momento emocional… La escena del actor de “Ben Hur” es fantástica sí, pero supera en algunos detalles lo soportable en cuanto a sensiblería. Antes de salir de la casa, Moore deja en la entrada una foto de una niña fallecida tras recibir un disparo de un amigo con el que jugaba inocentemente. Más redundancia imposible. Moore exprime la escena hasta que ya no queda nada de la realidad que él pretendía retratar, tan sólo un panfleto lacrimógeno.

Me sigue gustando “Bowling for Columbine”, como también me gustó “Fahrenheit 9/11″, y seguro que disfrutaré con su nuevo documental sobre el sistema sanitario en Estados Unidos, pero jamás dejaría que en el mundo existiesen demasiados Michael Moore. Porque su denuncia conlleva a la fuerza una renuncia a la verdad, porque Moore toca solo las teclas que le conviene tocar, buscando el impacto y retorciendo la realidad hasta que esta se corresponda con la intensidad de su mensaje.

Habrá que tener cuidado, digo yo, con los documentales de directores-estrella, que prefieren el impacto a la reflexión, igual que hay que temer la moda de las cámaras ocultas, que también llegan a forzar la realidad y crear situaciones anómalas. Por eso me da tanto miedo (y grima) ver como Mercedes Milà, la Michael Moore catódica de España, utiliza estos mismos métodos para sus programas de denuncia: el otro día la vi entrando en la consulta de una falsa doctora que realizaba liposucciones de forma ilegal, ella, la Milá, como una estrella, gritándole a la doctora: “¡Es una vergüenza!” y creando una situación que para si querría el bueno de Michael.
Cuando en un documental, reportaje o entrevista, los planos del entrevistador son más largos que los del entrevistado, entonces, empiezo a pensar que eso es una película de ficción más.

Es necesario que existan cineastas como Moore, pero es igualmente necesario que se les tome como lo que son: creadores de opinión, nunca documentalistas.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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