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Las Vanguardias francesas


El cine, con su creación, se convierte en el máximo exponente del realismo. La expansión de éste, junto con la fotografía, ayuda a que el resto de las artes se replanteen su existencia obligándoles a buscar nuevas formas de expresión.

Como consecuencia, el principio del siglo XX se convierte en una época de gran experimentación artística. Durante las tres primeras décadas aparecen varios movimientos artísticos que se agrupan bajo el nombre de Vanguardias. Las primeras corrientes vanguardistas de la historia fueron el cubismo, el expresionismo, el impresionismo, el futurismo, el fauvismo, el dadaísmo y el surrealismo. La pintura y la literatura serán los máximos exponentes de estas nuevas corrientes, pero su magnitud será tal, que ni el Séptimo Arte desaprovechará su influencia para seguir evolucionando como una corriente artística más. Los artistas ya no se conforman con representar la realidad objetivamente sino que convierten cualquier manifestación artística en un elemento de expresión subjetiva.

Uno de los efectos de la Primera Guerra Mundial fue que Francia perdió su hegemonía en el mundo del cine. El monopolio formado por los productores Phaté y Gaumont no resistió la crisis provocada por la guerra. Sin embargo, durante la década de los años 20, una nueva ola de renovación cinematográfica invadió el cine galo de la mano de un grupo de intelectuales, encabezados principalmente por el novelista Louis Delluc y el teórico Ricciotto Canudo. Las Vanguardias habían llegado a Francia. Ricciotto Canudo, considerado como el primer teórico del cine, realiza un manifiesto en el que, por vez primera, el cine es denominado como el Séptimo Arte. En su Manifiesto de las Bellas Artes y del Séptimo Arte escrito en 1911, Canudo defiende la idea del cine como epicentro y culminación de todas las artes: arquitectura, pintura, escultura, música, poesía y danza. Como consecuencia, algunos intelectuales franceses decidirán ensayar con este nuevo medio artístico, y aquellos que antes experimentaban con las letras utilizarán ahora la cámara como principal herramienta. Esta nueva corriente vanguardista será calificada por Delluc como Impresionista, y aparecerá como un movimiento obrero que buscará un nuevo cine, diferente al modelo ortodoxo impuesto por Griffith y Cecil B. DeMille y que rehuirá de los productos comerciales norteamericanos.

El Impresionismo francés se caracterizará por otorgar una entidad intelectual al mundo del cine, y se servirá del aspecto estético como medio para expresarse. Muchos productores no encontrarán apropiadas la mayoría de sus propuestas y los nuevos cineastas se verían obligados a ceder ante algunas exigencias relacionadas con el contenido. Sin embargo, lo que más interesaba a los impresionistas era experimentar con la forma, crear un nuevo lenguaje a través de la imagen. Este nuevo cine intelectual favorecería la creación de las primeras salas de “Arte y Ensayo” del panorama Francés. En estas salas se proyectarían películas que intentaban introducir un elemento fundamental y ya existente en las diversas manifestaciones artísticas, la narrativa. Utilizaban la música, buscaban el ritmo mediante la planificación y empleaban recursos ópticos que les alejó del convencionalismo tradicional.

Su intelectualismo, unido a un interés por los personajes reales de los suburbios, les instaba a realizar películas como “Finis Terrae” (1929) de Epstein, donde los personajes eran auténticos pescadores. Todo ello iba ligado a un espíritu crítico contra la cultura burguesa que no apoyaba este nuevo medio. Algunas de las obras más representativas de este periodo impresionista fueron “La fête espagnole” (1919) de Germaine Dulac, “El dorado” (1921) de Marcel L’Herbier, “La atlántida” (1921) de Jacques Feyder, “Fiebre” y “La femme de nulle part” (1921-22) de Louis Delluc, “La rueda” (1924) de Abel Gance, “La Glace a Trois Faces” y “La caída de la casa Usher” (1927-28) de Jean Epstein y “Le sang d’un poète” (1930) de Jean Cocteau. Pero sin duda alguna la obra impresionista por excelencia es la realizada en 1927 por Gance, “Napoleón”.

En 1924, André Breton escribió su manifiesto surrealista y sentó las bases de otra corriente vanguardista que perduraría hasta la Segunda Guerra Mundial, convirtiéndose así en una vanguardia de entreguerras. El Surrealismo, como movimiento cinematográfico, encontró su principal exponente en el cineasta aragonés Luis Buñuel quien es el único considerado íntegramente surrealista. Este movimiento se impone como una ruptura de la razón e indaga dentro de los sentimientos más reprimidos a través de los sueños y de los recuerdos. Buñuel con su obra “Un perro andaluz” (1929) escenifica a la perfección las inquietudes surrealistas. Dalí y el cineasta se unieron para crear una película basada en dos sueños, una mano llena de hormigas y una cuchilla rasgando un ojo. A partir de aquí unieron imágenes con el único deseo de que de ningún modo dieran pie a interpretación alguna. Primaba la imagen por la imagen. Según el mismo director, con este ideal de cine no les interesaba simplemente crear un nuevo movimiento artístico sino que deseaban cambiar la vida. El Surrealismo rechazaba la escuela expresionista, el medio narrativo clásico, y la gratuita arbitrariedad de los puristas. A través de las imágenes pretendían aludir a lo intangible, impresionar al espectador con imágenes que sugirieran diversos estados de ánimo. Esta forma de hacer cine influiría hasta el genial director Alfred Hitchcock quien, en su película “Recuerda” (1945), utilizaría decorados surrealistas diseñados por Dalí. Otras obras relevantes fueron “Entreacto” (1924) de René Clair y “La edad de oro” (1930) también de Luis Buñuel.

En cuanto a las otras corrientes de Vanguardia cabe señalar que no adquirieron la misma relevancia que las dos mencionadas anteriormente, no obstante existen ejemplos que deben ser destacados. De Julio Bragalia y Enrico Prampolini encontramos las obras Futurista “Perfido incanto” y “Thais” (1916). En 1916 Marinetti y Giacomo Walla realizaron la película desaparecida “Vila futurista”. El fotógrafo norteamericano Man Ray también haría su incursión en el cine con las obras Dadaístas “El retorno de la razón” (1923), “La estrella del mar” (1928) y “Los misterios del castillo de Dé” (1929).

Con estas nuevas corrientes experimentales, el cine comienza un nuevo ciclo que le ayuda a definirse, cada vez más, como un nuevo arte en desarrollo.








...por Yanina Montalvo ...por Yanina Montalvo


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