“No existe fórmula más simple y efectiva para el éxito de una película que la más antigua de credo del show-business: Dales lo que quieren y regresarán a por más”.
Anthony Hinds (Productor de la Hammer)
Y no es pecado darle a la gente lo que desea si lo que le das es un buen producto. Y después de la Segunda Guerra Mundial el público que acudía al cine a ver películas de terror y ciencia ficción había cambiado. En Gran Bretaña, el hogar de la Hammer, y en el resto del mundo occidental también, jóvenes legiones estaban ávidos de emociones fuertes que fueran con los tiempos, a la moda. Las viejas películas de la Universal, el “Frankenstein” de Karloff y el “Drácula” de Bela Lugosi, así como ese blanco y negro misterioso y sugerente estaban ya obsoletos; la juventud deseaba ver más, sentir el terror en sus propias carnes, a todo color y a todo detalle. Ese fue el terreno en que germinó la productora que revolucionaría el cine de terror en los cincuenta y sesenta, la Hammer Films.
En 1957, Terence Fisher dirige “La maldición de Frankenstein”, una nueva versión de la novela de Mary Shelley. Era en color, había violencia, decadencia y personajes retorcidos. Con los siguientes títulos, como el “Drácula” que dirigió el mismo Fisher, entró también en juego la sensualidad, que con los años se haría más erótica. Entretenimiento, sexo y violencia explícita, eso es lo que quería el público, y Hammer Films, a partir de “La maldición de Frankenstein”, se lo proporcionó en sobradas dosis: En sus 25 años de existencia se facturaron 140 películas de terror.
Pero ¿Cómo nació el monstruo que cambió el género del miedo para siempre y situó el cine de terror británico en el mapa? Situémonos. En 1935 nace una pequeña productora fundada por William Hinds, actor de variedades conocido por el sobrenombre de Will Hammer. Ese mismo año Hinds une sus fuerzas al exhibidor Enrique Carreras y juntos forman Exclusive Films, distribuidora que se integrará en 1947, junto con la productora de Hinds en un sólo estudio: Hammer Films, con Anthony y Michael, hijos respectivamente de Will y Enrique, ambos futuras piezas claves del éxito de la Hammer en los siguientes años.
Después de la buena acogida que tuvieron los primeros productos de ciencia ficción de los nuevos estudios “Spaceways” (1953) y la maravillosa “El experimento del doctor Quatermass” (1955), prueban fortuna con el género de terror y la citada “La maldición de Frankenstein”. El éxito, a pesar de las críticas que la tildaron de salvaje y aborrecible (el nuevo lenguaje directo de la Hammer tardó en calar en los circuitos intelectuales), fue total, así que deciden hacerse con los derechos de los films clásicos de la Universal que, como “Frankenstein” habían triunfado en los años 30 y 40. A partir de ese momento, las secuelas de “Frankenstein” se multiplican, empieza la saga “Drácula”, “La Momia”, “Dr. Jeckyll y Mr. Hyde”, “El fantasma de la ópera”, “El Hombre Lobo”… La mayoría de ellas obras maestras en manos de los profesionales de la Hammer, que las revolucionaron y modernizaron hasta asentar las bases del futuro éxito del género de terror en las siguientes décadas.
Pero ¿Quiénes fueron esos profesionales que dotaron a los films de la Hammer de ese estilo tan personal? La Hammer era como una familia, y los estudios Bray a orillas del Támesis una mansión donde todos se conocían y coincidían de un film a otro. En la silla del director, sin duda el personaje más influyente fue Terence Fisher, un innovador visual (decisivo su uso de la profundidad de campo o de los movimientos de cámara) que sin embargo se sentía igualmente atraído por la tradición. Sus films respiraban la carga erótica y el salvajismo que luego fue marca de fábrica para la Hammer. Fisher fue un maestro cuya aportación al cine en general es monumental. Memorables sus sagas de “Drácula”, las de “Frankenstein”, de la primera a la última, sus versiones de “La momia” o la perfecta “The Gorgon”, donde el terror más absoluto entronca con el romanticismo, otro sello de identidad de su cine. Otros directores de la casa como Don Sharp, John Gilling (para el recuerdo su “The Reptile”), o Roy Baker (con su “Dr. Jeckyll y su hermana Hyde”, de 1971) no llegaron las cotas de Fisher, pero ocupan un lugar destacado en el panteón de creadores del terror británico.
Delante de la cámara, sin duda las dos caras que mejor representan el terror de la segunda mitad de siglo podrían ser las de dos caballeros, Peter Cushing y Christopher Lee. El primero el Dr. Frankenstein más inhumano y cruel, o el Van Helsing invencible y seguro de si mismo, el segundo el Drácula silencioso y salvaje, o la desgraciada Momia incapaz de escapar de su maldición. Ambos ejercieron de estrellas en docenas de papeles de la Hammer, y son iconos del cine en si mimos. A nivel femenino, la Hammer se caracterizó por dotar a las mujeres de dos caras, o bellas jóvenes inocentes y virginales, o mujeres perversas y malignas. Con la Hammer, la mujer adquiere mayor protagonismo en el cine de terror, y sería justo destacar a Barbara Steele como la mejor actriz de la factoría. En los últimos compases de la historia de los estudios, los personajes femeninos devendrían en objetos sexuales, y los films en exhibiciones de tetas, culos y demás; el terror más unido al sexo que nunca; otra novedad esta última aportada también por la Hammer, aunque coincidió con unos films ya de menor empaque, digamos que a más escote de las actrices menor calidad, recordemos en este sentido “Lust for vampire” (1971) o “Hace un millón de años” (1966), con Raquel Welch exhibiendo sus dones naturales en plena prehistoria.
La fotografía de la Hammer aportó una nueva visión del terror, con colores agresivos y contrastes principalmente de rojos y verdes. Jack Asher es el máximo exponente de esa nueva luz que se olvida para siempre del blanco y negro.
Los decorados de Bernard Robinson también suponen un gran cambio, situando la ambientación de un gran porcentaje de los films de la productora en la era victoriana, apostando por el barroquismo sin complejos y actuando siempre en estrecha colaboración con directores como Terence Fisher. El maquillaje de profesionales como Philip Leakey o sobretodo Roy Ashton o la música agresiva, intrincada, traumática de James Bernard acabaron de darle a la historia de la Hammer su estética definitiva, aunque nada hubiera sido lo mismo sin el trabajo de los guionistas. El jovencísimo Jimmy Sangster o el mismo productor Anthony Hinds (que firmaba sus libretos con el pseudónimo de John Elder) trabajaron decisivamente para darle la vuelta a los mitos góticos y explorar al monstruo como un ser atrapado lleno de romanticismo y no como una máquina de matar, y en el caso de “Drácula” por ejemplo, dotar al personaje de una motivación sexual, muy alejada de aquel buen hombre interpretado por Bela Lugosi.
Después de la Segunda Guerra venían nuevos tiempos, y la Hammer los sirvió a su público en bandeja, junto con sangre, vísceras y puro entretenimiento.

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