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Los grandes fracasos

¿Qué significa que una película fracase? O mejor ¿Cuáles, a juicio de la historia son las películas que, pasado un determinado periodo de tiempo, se considera que han fracasado?

¿Las que prometían elevadas cotas artísticas y finalmente se convirtieron en burdos productos de entretenimiento para las masas? ¿Las que prometían enormes beneficios que jamás llegaron? ¿Las producciones que arruinaron a quienes las financiaron?

Hablemos de fracasos artísticos, por ejemplo. La historia olvida las debacles artísticas porque a fin de cuentas, a quién le importa lo que pretendía un director si lo que de verdad cuenta es lo que hay en la pantalla cuando las luces se apagan. No, los fracasos artísticos suelen pasar desapercibidos en las enciclopedias de historia del cine, no son los “grandes fracasos” que buscamos. Si en cambio lo son aquellos films que no obtuvieron toda la taquilla que esperaban. Y en concreto, los films que necesitaban mucha, muchísima taquilla para sufragar gastos. El dinero. El cine es el arte que más ligado está al dinero. El dinero otorga, al cabo de los años, el fracaso histórico o el éxito eterno. Y en cuestión de fracasos, no patinan precisamente las películas baratas, porque con estas, el porrazo es directamente proporcional a su presupuesto, es decir, un golpecito sin mayor importancia ¿alguien recuerda si una película de la nouvelle vague fracasó estrepitosamente? Si en cambio se recuerdan los fracasos de las grandes producciones. A más dinero invertido, más posibilidades de pegarse el gran batacazo. Por eso, es necesario quitarse de un plumazo tres cuartos de la historia del cine al hablar de fracasos. Solo fracasan las grandes producciones. O por lo menos, es lo que la historia recuerda.

¿Y qué hace que un film con gran presupuesto no triunfe? ¿Cuál es el factor que provoca que ocurra lo peor, y es que la gente que ha arriesgado su dinero finalmente lo pierda? Varias razones. Un mal cálculo de expectativas de beneficio, un deficiente estudio de mercado, ¿necesitaba el mundo otro Speed 2? No, por eso fracasó, gastaron mucho, demasiado, y el público les dio la espalda, porque nadie quería un Speed 2. Como cuando montas un negocio propio, antes asegúrate de que hay un público que lo necesitará, que hay un agujero en el mercado donde podrás colarte. Más factores, uno muy simple. Hay veces en que el público (que es el que da dinero, lo recuerdo, y por tanto decide si la película es o no un éxito) no es tonto, y detecta, como el perro que huele la muerte, que la película que anuncian a bombo y platillo en el diario, que está en cartelera en todos los cines de la ciudad, es una basura. Y lo es. A veces también lo dicen las críticas, pero quién lee las críticas. Casos como catedrales, La isla de las cabezas cortadas, aquella tontería con Geena Davis es uno de los grandes porrazos de los últimos veinte años. Costó mucho dinero, y la película no había por donde cogerla. El público, a veces, acierta. De este modo, si vas a producir una gran película, con un elevadísimo presupuesto, procura que un técnico de marketing te haga un buen estudio, y luego, procura que sea buena. Hay además otros factores más espontáneos que condenan a un film por grande que sea, factores inesperados: la muerte de un actor, tormentas de nieve en el rodaje, una crisis económica a mitad de la producción, pero esos son los que menos. Sí en cambio se repite en muchas ocasiones una constante en los grandes fracasos del cine, es de hecho una gran confusión y la culpa suelen tenerla productores con enfermedades megalómanas y, peor aún, directores que pretenden llevar lo que sea que les ronda por la cabeza al celuloide, caiga quién caiga; y si lo que les ronda por la cabeza es caro, los riesgos se multiplican. El fracaso histórico de El planeta del tesoro, el film de animación de la Disney que en 2002 costó 140 millones de dólares, no es tan grande porque detrás no había nadie dispuesto a morir por esa readaptación de La Isla del Tesoro, no era un film de autor vestido de gran producción para todos los públicos, por eso, en el fondo, todo estaba controlado y el batacazo produjo daños leves y algunas contusiones, nada más, pero en el caso de Corazonada, el musical de Francis Ford Coppola, si había un director preparado para hundirse con la película. Coppola apostó su dinero, su carrera y todo lo que pudiera jugarse en este proyecto totalmente personal, y el resultado fue su ruina económica. Una de las mayores debacles afrontadas por un solo hombre. Esos son los fracasos que más impresionan al cabo de los años, y los que la historia recuerda con más detalle y morbo, los proyectos personales que acabaron en tragedia. A la historia le encantan las tragedias, un hombre solo ante el peligro. Dos films son sintomáticos en cuanto a esto último, y podrían considerarse también dos de los mayores fracasos de la historia del cine, uno de la época muda, otra del sonoro, más de cincuenta años les separan.

En 1916, el creador cinematográfico más importante del momento, David Wark Griffith, tenía muchas cuentas pendientes. El nacimiento de una nación, abrió nuevos caminos para el lenguaje del cine y fue todo un éxito a nivel planetario, pero un éxito no tiene sentido si no eres capaz de sobrepasarlo, y Griffith estaba seguro de que con su siguiente film, al que llamaría Intolerancia, cualquier triunfo anterior se quedaría pequeño. Griffith estaba además obsesionado en dejar claro que las lecturas racistas de El nacimiento de una nación (el film loaba la labor “humanitaria” de Ku Klux Klan) no iban con él, así que con Intolerancia, en donde se narran cuatro historias situadas en épocas dispares de la humanidad (la caída de Babilonia, la pasión y muerte de Jesucristo, una huelga de trabajadores contemporánea y la Noche de San Bartolomé de 1572), quería firmar su testamento más humano y alejado del racismo de El nacimiento de una nación, formulando al espectador la pregunta: ¿por qué la intolerancia, la injusticia se ha repetido desde que el hombre tiene uso de razón? Para conseguir sus objetivos se sirvió de un presupuesto inédito hasta la fecha, decorados que alcanzaban los cien metros de altura y escenas que llegaban a disponer de 16 000 figurantes. Una película más grande que la vida que no pudo recuperar el dinero gastado. Era demasiado… ¡demasiado! Y la gente además no respondió. Griffith jamás se recuperó de los gastos. Arriesgó su dinero y se hundió con su creación.

El otro ejemplo pertenece a 1980, el título: Heaven´s gate, La puerta del cielo. Michael Cimino era el director de moda en Estados Unidos, había triunfado en 1978 con El cazador, y tenía a Hollywood a sus pies. Él soñaba, como Griffith, con su propio gran testamento cinematográfico, en su caso en forma de western, pero su megalomanía y el descontrol de la producción se volvieron pronto en su contra. El presupuesto original era de 11,5 millones de dólares, y lo que se gastó finalmente… 40 millones de dólares de 1980. Cimino fue quizás más obsesivo que Griffith, más ciego ante la evidencia del desastre. Su película de autor, su criatura, su testamento para la humanidad devino un agujero donde se perdían millones de dólares sin que nadie pudiera hacer nada por evitarlo. La obsesión y la sinrazón del director era tal que fue capaz de presentar a los ejecutivos de United Artists una versión final de 5 horas y media, para estrenarla luego con otra versión de casi 4 horas. Imposible de digerir. El estreno fue un desastre, y Cimino tuvo que reducir una vez más el metraje, pero ya era tarde. Las críticas se cebaron como nunca, y el film recaudó, atención, 3 millones de dólares en la taquilla americana (¿Os acordáis cuánto había costado?). Imaginaros el desastre.

Gracias a la obsesión de Cimino, la historia del cine tiene ahora un nuevo fracaso que archivar en sus catacumbas, y también gracias a él la United Artists se quedó en bancarrota, la industria finiquitó el género del western por anticomercial hasta nueva orden y además impidió a partir de ese momento que los directores, por buenos que fueran, tuvieran tanta libertad como la que tuvo el propio Cimino.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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