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Luces de la ciudad: Escena final

Una obra de arte tiene la capacidad de impactar al que las contempla sin necesidad de retórica, a partir de elementos que pueden ser muy simples. Luces de la ciudad (Charles Chaplin, 1931), concluye con una de las secuencias más elocuentes del cine, con particular mérito, ya que por no necesitar, no necesita ni de las palabras.

Y es que el sonoro había aparecido en 1927 y Al Jolson había hecho las delicias del público en El cantor de Jazz, primera película con sonido. Pero Charles Chaplin - más conocido como Charlot- no quería saber nada de aquel invento que, a su modo de ver, entorpecería la imagen, su valiosa materia prima de expresión.
Charlot figura como un genial cómico en el imaginario colectivo. Ciertamente hacer reír era una de las finalidades de su cine, y su dominio del gag lo corrobora. Pero así como la alegría es una faceta humana, el director Charles Chaplin estaba igual o más interesado en mostrar también su reverso, la pena. Sólo con las dos caras de la moneda pudo hablarnos de humanidad de forma tan intensa, como hace en la fábula urbana Luces de la ciudad.

Fábula, porque el argumento de Luces de la ciudad es como un cuento del cual no sería difícil extraer una moraleja del tipo “hay que ser bondadoso con el prójimo”. Los desfavorecidos protagonistas son Chaplin (aquí Charlot) un mendigo y Virginia Cherril, una encantadora y ciega vendedora de flores. Ambos se hallan, el uno rondando y la otra vendiendo, en medio de la gran urbe, que también es protagonista.
Charlot siente una conmovedora atracción por la florista ciega, la cual, a causa de un malentendido, le toma por un millonario benefactor que le compra siempre rosas. A lo largo del filme y gracias a la intervención del verdadero millonario de esta historia, Charlot consigue los medios para pagarle a la chica la operación para que recobre la vista. Hasta aquí se trata de un argumento más o menos explotado en historias decimonónicas o cuentos de Navidad. La habilidad del director - escondido tras un narrador omnisciente- consigue mediante la secuencia final hacer de esta fábula moderna un relato universal.

Este final al que me refiero es difícil de olvidar. No sólo es una escena bella, también es un prodigio de economía narrativa. Su estructura está cuidadosamente medida y, de alguna manera, todos los elementos que han jugado un papel a lo largo de la película aparecen y se combinan en esos minutos finales. Con razón se dice que lo más difícil de una narración es acabarla, y acabarla bien. Sólo un maestro en el arte de contar historias es capaz de recoger el relato y además hacer que su final constituya una experiencia estética. Como no puede ser de otra manera, Chaplin abre la secuencia final con un gag. Es otoño, y el mendigo vuelve a estar, como le hemos conocido al principio, en la calle. Han cambiado cosas: la chica ha recobrado la vista, él ha ido a parar a la cárcel y ha salido pero, de hecho, la situación parece inalterada.

Nuestro trotamundos - para qué obviar que desde el principio del filme le hemos tomado un enorme cariño- se arrastra desganado por las aceras de una ciudad bulliciosa. Unos chicos que reparten periódicos hacen de él el blanco de sus burlas. A Charlot aún le queda dignidad para increparles su conducta. Pero el hallazgo de una flor en el suelo hace que se detenga. La flor que conduce su mirada funciona como una metonimia de su florista, quien en efecto se halla en la acera, unos metros más allá. En su puesto de rosas. Bella como siempre, y contenta de poder contemplarse en un espejo, la chica no ha olvidado a su benefactor. Se sobresalta cada vez que ve a un hombre salir de algún coche: se figura que el caballero, al que sólo conoce por el tacto de la mano, podría aparecer en cualquier momento. De hecho, así sucede, él hace acto de presencia. La florista advierte cómo unos chavales se burlan sin piedad de un pobre mendigo de traje raído que contempla su parada de flores. Charlot no deja de contemplarla expectante: tan expectante como el espectador, que está deseando que el mendigo formule alguna palabra que acabe con la situación. Pero Chaplin no acaba aquí con esta angustia. Para más bochorno de su personaje, la florista le regala una flor con aspavientos (”¡He hecho una conquista!” - dicen los títulos) e insiste en darle una limosna. Nuestro personaje se niega y ambos forcejean. La chica logra cogerle la mano y depositar en ella la moneda.

Es entonces cuando el tiempo parece detenerse. Son pocos planos, y ni un minuto de duración, lo que dura este desenlace. Es el tiempo justo para que la florista acaricie la palma de la mano de “su millonario” y la expresión de su cara se transforme. Chaplin cierra el plano sobre el rostro, indescriptible, de su personaje que es la viva imagen de la tristeza y la alegría confundidas, entremezcladas y puestas sin más en la pantalla, ante nuestros ojos. Las dos últimas frases que leemos sobre fondo negro bastan y sobran: “¿Puedes ver ahora?” - “Sí, puedo ver.” El acto de ver, aquí, no sólo es físico, sino mental: es darse cuenta de algo revelador. El plano final nos deja a Charlot sonriendo. Chaplin se recrea en esa expresión, feliz pero que a la vez nos entristece…

Pocas veces una imagen en el cine es tan polisémica. Chaplin sabía perfectamente por qué rechazaba el sonoro. La misma escena, con diálogos, podría no decir ni la mitad de cosas. La secuencia final de Luces de la ciudad es cine en estado puro, ya que se sirve exclusivamente de la imagen. Y de nada más. Incluso si los intertítulos sobre negro, tan característicos del mudo, desapareciesen, la secuencia nos produciría idéntico efecto. Porque habla con un lenguaje que todos comprendemos, sobre unos sentimientos que a todos nos afectan. Y lo hace a partir del primer plano de un rostro, explicando algo tan difícil de concretar sin caer en la pantomima como es el reconocimiento.

El final de Luces de la ciudad cierra de forma sublime una historia en la que Chaplin consigue sus objetivos: hablarnos del hombre, enternecernos y emocionarnos, todo a la vez. La película está tramada con acierto para tomar pleno sentido sólo al final. Y sí, explicar el reencuentro con palabras hubiera sido matar todo este significado: Charlot sabía lo que hacía.








...por Elena Díaz ...por Elena Díaz


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