Marlene Dietrich es la prueba de la estupidez del hombre masculino singular, aquel que se siente atraído por la que lo desprecia.
O como he leído, Dietrich es el “objeto de seducción que exige adoración sin prometer correspondencia”.
Marlene Dietrich es la mitad de su propio mito, la otra mitad son los hombres que, incautos e inconscientes, caen en la espiral de seducción que desprenden unos ojos que humillan sin pestañeo, y una altivez natural de la que emana una fuente de deseo irracional, irresistible y siempre peligrosa.
Magdalena von Losh, verdadera identidad de Dietrich, era una actriz de cierta carrera en Alemania (debuta en 1923, con un breve papel en “Tragedias del amor”, con Emil Jannings en la nómina de actores), 16 películas y varios espectáculos aireados por las convulsas tierras de la República de Weimar. A una de esas funciones asiste el director de cine Josef Von Sternberg, el hombre que se llevará a la joven Marlene a un Hollywood que caerá rendido a las piernas más serpenteantes del negocio, al menos hasta la llegada de Cyd Charisse.
Corría el 1930 cuando Von Sternberg, que ya había dirigido notables películas como “La ley del hampa”, 1927, “La última orden” o “Los muelles de Nueva York”, ambas de 1928, fascinado con Marlene desde aquella noche que la vio en escena, la contrata para rodar “El ángel azul”, fascinante tragedia de un honorable profesor (Immanuel Rath, creación de Emil Jannings) que, como Von Sternberg en la realidad, queda prendado por Marlene Dietrich, que interpreta a Lola-Lola, una humeante y descarada bailarina de cabaret. Pronto, de la atracción por esa criatura fatal se avanzará hacia la curva descendente a la humillación y la decadencia, el profesor deja su respetado puesto en la universidad y se arruina a fuerza de intentar complacer a Lola-Lola. Finalmente, acaba convertido en un patético clown que recibe una lluvia de huevos y burlas en el escenario de un humeante antro berlinés. Todo por ella, y todo para nada, porque ella, Marlene/Lola-Lola, nunca estuvo enamorada del pobre Immanuel Rath.
Sternberg tenía en sus manos a la primera gran femme fatale, la mujer fascinante y peligrosa, el pozo negro del deseo que borraría de un plumazo a las femmes primitivas del cine, como Theda Bara o las italianas Pina Menichelli y Francesca Bertini. El cine negro de los cuarenta, sin ir más lejos, debe la actitud fría y desafiante de sus amorales personajes femeninos a esa Marlene que con “El ángel Azul” y, anteriormente, con “Flor de pasión” (1929, Kurt Bernhardt) asentaba el canon físico y de comportamiento de la femme fatale cinematográfica.
El éxito de la versión inglesa de “El ángel azul” viene con regalo incluido: el contrato que la Paramount firma con Marlene Dietrich. En Hollywood, Sternberg dirigirá a Marlene en un racimo de obras maestras, la mayoría pasadas por la pluma del guionista Jules Furthman. En 1930 “Marruecos”, “Fatalidad” en 1931, “El expreso de Shangai” y “La Venus rubia” en 1932, “Capricho imperial” en 1934, y en 1935 el fracaso “El diablo es una mujer” , film que creó no pocas polémicas en el gobierno de la República española, mosqueado por la imagen que se daba de la mujer hispana.
La relación profesional y sentimental (oscura, sadomasoquista según muchos) de Von Sternberg y la actriz llegó en este punto, alrededor de 1935, a su fin. La carrera del director ya no sería la misma a partir de entonces y después de muchos films olvidables y unos pocos que sí despuntan (”El embrujo de Shangai”, de 1942), acabará dando clases de estética del cine en Los Ángeles.
Marlene terminará la ajetreada década de los treinta con trabajos para Lubitsch (”Ángel”, de 1938) o para el nunca suficientemente bien ponderado Frank Borzage (”Deseo”, 1936). En la década de los cuarenta, finalizado su contrato con la Paramount, notamos un descenso en la calidad de sus films, aunque la podemos ver a las órdenes de Raoul Walsh en “Manpower”, de Billy Wilder en “Berlín Occidente” y en “Caprichos de mujer”, de Mitchell Leisen.
En los cincuenta espacia sus actuaciones, concentrándolas en trabajos mejor recordados, empezando por “Pánico en la escena” (1950, Hitchcock), el excepcional western de Fritz Lang “Encubridora” (1952) y sus dos memorables papeles en “Testigo de cargo”, de Wilder, y “Sed de mal”, de Orson Welles. El film “¿Vencedores o vencidos?” (Stanley Kramer, 1961), sobre los juicios a oficiales nazis en Nuremberg es quizás su último papel memorable.
La belleza agresiva de Marlene iba de la mano de una gran sagacidad e inteligencia, también ella era la prueba de que las rubias no eran tontas. Donald Spoto, a raíz del trabajo de la actriz en “Pánico” en la escena escribe: “Fue, además, la única actriz a la que jamás permitiera (Hitchcock, el director) una apreciable libertad creativa en el plató. Ella aparecía cada mañana y, como recordarían luego los miembros del equipo, procedía a dar instrucciones al director de fotografía respecto a la adecuada iluminación de su persona. Atónitos, estos le comunicaron el asunto a Hitchcock… el cual los dejó más atónitos todavía cuando les ordenó que la dejaran hacer. De sus siete films con Josef von Sternberg, que la habían encumbrado a la esencia de la mujer fatal, Marlene Dietrich había acumulado unos conocimientos de experto sobre luces y sombras y ángulos”.
Su faceta como cantante es de sobra conocida. En el escenario, incluso en su madurez, desprendió siempre el mismo glamour que delante de la cámara, sin disponer para nada de grandes cualidades vocales, es más, ¡La Dietrich nunca habría pasado el casting de Operación Triunfo! Billy Wilder diría sobre este aspecto: “No era María Callas, pero Marlene Dietrich sabía vender muy bien una canción”.

Enlaces Patrocinados:
Otros Reportajes:
Los más comentados:




Estás en:


Estás en:
MundoCine | Actrices | Marlene Dietrich

