“La mejor película jamás filmada”
Woody Allen
“Yes I killed him. I killed him for money and for a woman. I didn´t get the money and I didn´t get the woman. Pretty, isn´t it?”
Walter Neff en “Perdición”
Walter Neff (Fred McMurray) acaba de tirar por la borda su vida. Trabajaba en una aseguradora, ganaba un sueldo suficiente. Era listo para estas cosas, incluso Barton Keyes (Edward G. Robinson), jefe encargado de investigar a los clientes que pueden haber fingido accidentes para cobrar copiosas indeminazicones, estaba decidido a ascenderle. Walter prometía carrera en el negocio de los seguros.
Pero Neff conoció a Phyllis Dietrichson (Barbara Stanwyck), una clienta más -eso parecía- cuando la visitó aquella mañana para revisar la póliza de su rico marido. Pero ella bajó la escalera, rubia platino, tobillera brillante a la vista, y Walter ya no fue el mismo a partir de ese momento.
Pronto, como suele pasar en las películas malas, de una cosa se pasó a otra, y Walter cayó en los ardientes brazos de Phyllis. Ella tenía un plan. Matemos a mi marido Walter, cobraremos la póliza de doble indemnizaciones en caso de muerte por accidente, nos haremos ricos, nadie sospechará de ti, porque tú mismo te cubrirás, eres agente de la compañía de seguros ¿recuerdas? Luego, cuando todo se calme, nos marcharemos lejos a empezar una nueva vida. Walter no lo pensó mucho, estaba enamorado, o quizás se estaba comportando como un idiota, pero aceptó.
La pareja asesinó a Mr. Dietrichson en su propio coche. Phyllis estaba en el asiento del copiloto, Walter, tal y como habían pactado, acurrucado en el asiento trasero. El agente de seguros respiró hondo, se levantó y rodeó el cuello de Mr. Dietrichson con un cinto. Los ojos de Phyllis parecieron brillar de forma sobrenatural, mientras su esposo agonizaba por falta de oxígeno.
La pareja debía preparar la escena del supuesto accidente de forma aplicada y profesional, no debía parecer lo que era, un brutal asesinato. Nada falló. Dejaron el cadáver en la vía del tren para que se entendiera que la víctima había caído de un convoy en marcha. Antes, Walter, vestido como Mr. Dietrichson e imitando su cojera, había entrado en el tren para que lo viera algún pasajero, que luego testificaría que sí, que el hombre muerto en la vía era el mismo que él había visto en el vagón.
Todo previsto, todo OK. Walter y Phyllis se saben triunfadores. Nadie puede desenredar un plan tan bien trazado. Pero el cine negro es injusto con sus protagonistas. Todo ha salido bien hasta ahora, Walter y Phyllis están a punto de salir del túnel de sus tristes vidas para huir a algún lugar paradisíaco con docenas de fajos verdes en la maleta. Naturalmente, el plan les va a salir mal. Deberán escabullirse primero de las pesquisas de Barton Keyes y sus sospechas sobre Phyllis, de quien piensa que no es trigo limpio y huele la posibilidad de que haya asesinado a su marido para poder cobrar la doble indemnización.
El bueno de Keyes nunca llegará a sospechar que el otro culpable del caso trabaja en el despacho de al lado; luego, la pareja deberá superar las diferencias que van surgiendo entre ellos a medida que el cerco de Keyes se hace más estrecho.
No se escaparán de Keyes, ni de la Ley, ni tampoco de ellos mismos, aunque al final del film, cuando la única salida para Phyllis, que tiene una pistola cargada, es matar a Walter, sorprendentemente, en un último gesto de inesperado amor (inesperado porque ella se ha mostrado como una femme fatale fría y egoísta, que utiliza a Walter según sus conveniencias y no dudará en tirarlo luego al cubo de la basura) no logra reunir el odio necesario para acabar con él. En las peores circunstancias, con personajes tan amorales como Phyllis, también es posible el amor, un sentimiento demasiado tardío ahora, cuando a los dos les espera la silla eléctrica.
Perdición son muchas historias. La de esta Phyllis que finalmente se descubre enamorada de Walter y es incapaz de matarle, la de Barton Keyes, desolado porque su amigo le ha traicionado, y sobre todo la de Walter Neff, un gris agente de seguros a quien todo acaba saliéndole mal, “I didn´t get the money and I didn´t get the woman. Pretty, isn´t it?”, confiesa a una grabadora en su oficina, para dejarle constancia a Keyes de la verdad de toda la historia. Son sucesos de gente común, víctimas del virus de la codicia, reyes un día, clientes del patíbulo al día siguiente.
Pocos saben por cierto que esta tragedia del mediocre Walter y la fría Phyllis estaba basada en una historia real. Al parecer, en 1927, en Queens, Nueva York, Ruth Zinder asesinó a su marido Albert Zinder con la ayuda del agente de seguros Judd Gray. Ambos acabaron en la silla eléctrica, tal y como querían los productores de Perdición que terminasen Phyllis y Walter, no cabe duda que ante la presión censora de la Oficina Hays, había que dejar claro que la pareja criminal recibía su merecido castigo a manos de la justicia. Suerte que Billy Wilder se las ingenió para que ese final no figurase finalmente en las latas de la película, en favor del desarrollo que ahora nos emociona tanto: Walter, moribundo por una herida de bala, espeta sus últimas palabras en brazos de su colega Keyes.
La gestación del guión de Perdición (un clásico en las listas de “Las diez mejores películas de cine negro” y demás podios del género) partió del hecho real del que hemos hablado, recayó luego en la pluma del novelista James M. Cain (El cartero siempre llama dos veces, Mildred Pierce) con el título Three of a kind y llamó finalmente la atención de Billy Wilder, que completó el guión junto con otro imprescindible autor de novela negra, Raymond Chandler.
Wilder asumió también la dirección, consiguiendo su primera obra maestra irrefutable. Contó con Barbara Stanwyck en un papel que ella agradeció, ya que la alejaba de la screwball comedy que tan bien había practicado en obras como Bola de fuego (Howard Hawks). Stanwyck rebasó a la femme fatale al uso. No era guapa, no era espectacular, pero la tobillera, el brillo en los ojos, el gesto y esos tremendos diálogos con Fred MacMurray la convierten en objeto de deseo y rechazo al mismo tiempo.
McMurray es un armario, todos lo sabemos, no es el mejor actor de la historia precisamente, aunque le sobran méritos en esta cinta, como la rica chulería con que habla a Phyllis en la primera y estratosférica conversación entre ambos. De Edward G. Robinson poco hay que decir, el tipo devora cada escena, cada plano, ya sea como viejo sabueso resabiado o como fiel y decepcionado amigo.

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Actualmente no hay películas como “Perdición”, yo la encuentro genial. Lo tiene todo, conspiraciones, mujeres fatales, asesinatos… tiene todos los ingredientes que se pueden buscar en el cine negro.
Hitchcock le mandó un telegrama para Wilder en el que decía: “Desde “Perdición”, las dos palabras más importantes en el mundo del cine son Billy Wilder”.
“Perdición” tiene todos los ingredientes del cine negro y gracias a la fantástica dirección de Billy Wilder consigue crear una obra maestra.