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Psicosis: Escena: Asesinato en la ducha


Siempre he pensado que la escena de la ducha en Psicosis de Alfred Hitchcock no es solo impactante por lo que sucede en ella, por la violencia, por el desparrame de planos y angulaciones a increíble velocidad, o incluso por la obsesiva música de Bernard Herrman.

A mi, lo que realmente me impresiona es que a la media hora larga de película, en aquella ducha del motel, bajo el grifo de agua caliente… ¡matan a la protagonista! Y no solo eso, sino que encima se trata de Janet Leigh, la estrella del film, el gancho para llenar los cines, su principal reclamo.

En 1960 se habrían dado hasta entonces pocos casos como este, el giro de los giros, negarle tajantemente al espectador la razón por la que ha acudido a ver la película. Eran tiempos de cambio, de nouvelle vague, de riesgos artísticos fuera de los corsés en los que embutían los grandes estudios a los directores americanos. Y Hitchcock, desde su posición de astro mediático-artístico arriesgaba como el que más, sin corsés, pasando por delante de todo un Godard o un Truffaut de la época, en un film que se cargaba a la estrella al poco de haber empezado, y le pasaba el testigo como protagonista para el resto de metraje, nada menos que a Norman Bates, todo un icono psicótico encarnado por Anthony Perkins. Como decía el crítico y erudito hitchcockiano Donald Spoto: “A partir de ahí no podemos ir a ninguna parte si no es siguiendo a Norman”.

Una secuencia que se tardó siete días en rodar, y se utilizaron unas setenta posiciones de cámara para un total de cuarenta y cinco segundos de película. Todo empieza con Norman, el dueño del motel Bates, espiando a través de un orificio en la pared de una de las habitaciones, como Marion, interpretada por Janet Leigh, que ha recalado en ese motel huyendo con el dinero que ha robado de la oficina donde trabajaba y que había prometido compartir con su novio Sam, como Marion, digo, se desnuda para darse una ducha.

Es la escena voyeur definitiva. Y nosotros, como espectadores, ya sabemos que en ese motel hay algo que no funciona, algo enfermizo y oscuro. Sigamos. Marion enciende el grifo y el agua cae por su pelo rubio (Janet Leigh, por cierto, con una imagen bastante alejada a la que mostró en otros films como Sed de mal (1958), de Orson Welles, por ejemplo, aunque tan atractiva como siempre).

Pero en pocos instantes, la primera regla del suspense hitchcockiano se nos aparece más clara que nunca. El director, con un punto de vista de cámara desde dentro de la ducha, nos muestra la sombra de alguien que se acerca a través de la cortina. Y Marion no lo sabe. Nosotros si. Cuánto desearíamos avisarla, decirle que la han estado observando desde la otra habitación, y que ahora alguien ha entrado en el cuarto de baño. Pero ella no lo sabe, nosotros si. Eso es suspense. Todo esto son décimas de segundo, porque la cortina de la ducha se descorre y lo que parece ser una anciana que identificamos como la madre de Norman, apuñala a la joven. Una y otra vez. Vemos como la sangre se va por el desagüe. Y ella cae, su mano arrancando la cortina, muerta, con el plano recreándose en sus ojos y la sangre diluida en el agua.

Como en las obras mayores de Hitchcock –Vértigo (de entre los muertos) (1958) es el ejemplo por antonomasia- un segundo visionado nos hace valorar la historia y los personajes desde otra perspectiva completamente distinta, como si fuera una nueva película. En ese sentido, el detalle de Marion en ese primer plano de fulgurante intensidad, cuando va dejándose caer en la ducha y mira hacia la persona que la acaba de matar, ese detalle, se aprecia de forma distinta en un segundo visionado. Porque ella está viendo quién es. Nosotros pensamos que es la posesiva madre de Norman, pero ella sabe que es el mismo Norman disfrazado de su propia madre. La historia, en ese momento, solo cobra sentido en la cabeza de Marion. Esta vez, ella sabe más que nosotros, antes, cuando era observada por el orificio de la pared, éramos nosotros los que teníamos más información. Es el juego de Hitchcock, dar y negar información tanto a personajes como al espectador. Por eso sus películas deben verse más de una vez, para así tener la visión completa, con toda la información que en cada momento tienen o dejan de tener personajes o espectador. Otro aspecto notable de la secuencia es que, dentro de la violencia que desprende, se evita, de alguna forma, que cause un efecto de repulsión en nosotros. Vemos los machetazos, toda la masacre, pero es difícil apartar la vista de la acción. La sangre, el desnudo, el acto de apuñalamiento están tratados de manera ajustada, el director no quiere que cerremos los ojos, y la combinación de los planos (machetazos, rostro del la protagonista, grifo, agua…) hace que no nos recreemos en ningún aspecto demasiado gore en concreto, aunque el blanco y negro también tiene mucho que ver en todo esto.

Para la mayoría de directores, un clímax tan abrupto en el primer tercio de película, sería un escollo que dejaría el listón dramático demasiado alto para el resto del film. No para Hitchcock, que se reserva más adelante otro asesinato de brillante resolución, el del detective Arbogast, cuando este sube las escaleras de la casa de Norman, con esa tensión creciente que culmina en un plano cenital de Norman-madre saliendo de una habitación y apuñalando al desgraciado detective, que cae por las escaleras mientras ve, de nuevo como en el caso de Marion, lo que a nosotros se nos niega, a su asesino, al que posteriormente identificaremos como Norman disfrazado de su madre.

Se dice que esta escena de las escaleras se rodó en parte con un story board diseñado por Saul Bass, autor de los títulos de crédito del film, algo que el director británico siempre negó (Bass fue un revolucionario de los títulos de crédito, consiguiendo expresar con ellos ideas clave de la película en cuestión, entre los destacados están los de El hombre del brazo de oro, de1955, dirigida por Otto Preminger o el film de Hitchcock Con la muerte en los talones, de 1959). Lo mismo ocurre con la escena de la ducha, que muchos atribuyen casi en su totalidad a Saul Bass. En todo caso, nadie puede negar que cada plano en ese baño responde a la esencia del cine de Hitchcock, a su visión a veces tan sádica de la mente humana. Y a su extrema sensibilidad, culminando en esa mirada brillante, (”la mirada fija de Marion muerta daba la ilusión de la vida”), preciosa en todo su horror, de Janet Leigh asesinada en la ducha.








...por Marc Monje ...por Marc Monje


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5 comentarios en Psicosis: Escena: Asesinato en la ducha

  1. Es la escena del cine de suspense. Es perfecta. Sublime. Colosal. Alfred Hitchcock en “Psicosis” abrió el cine a otra dimensión.

  2. Para que engañarnos, Alfred Hitchcock rodó en “Psicosis” la escena que todo director soñamos: la escena perfecta.

  3. Son décimas de segundo que se hacen eternas… El grifo abierto, la sombra tras la cortina con esa silueta terrorífica, y un grito que rompe la noche.

    Alfred Hitchcock llevó esa escena de “Psicosis” a la categoría más alta del Séptimo Arte.

  4. Creo que nadie podrá olvidar ese contrapicado en el que el agua del teléfono de la ducha cae encima de la cámara sin mojar el objetivo.

    Con esa magistral técnica Alfred Hitchcock introduce al espectador dentro de la ducha y uno puede sentir en sus huesos la humedad del agua. Se vive la escena. Se siente.

  5. Definitivamente Alfred Hitchcock es el padre del suspenso, si recordamos esta escena mítica,legendaria, hace parte del hilo conductor de psicosis II y III; aún cuando la III es dirigida por Anthony Perkins, el mismo actor que interpreta al protagonista, Norman Bates. Él trae a colación dicho instante, y no creo que sea un homenaje, sino más bien, que es por medio de esta escena que se recuerda la tensión, que nuestro corazón se acelera, y estamos espectantes…

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