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Recuerda: Escena de la puerta


Uno de los momentos memorables de Recuerda culmina en una original ocurrencia de Hitchcock: un paseo en línea recta de la cámara, que se adentra en un pasadizo de puertas que se abren una tras otra. Un elemento sencillo como la puerta da pie a la culminación de un proceso iniciado sólo unas escenas antes, y se convierte en una contundente metáfora visual.

La verdad es que nos referimos a esta escena en base al elemento visual de la puerta, pero es por catalogarla de alguna manera. Y es que la esencia de estos minutos de inolvidable cine es difícil de definir. Imposible, si no tenemos un contexto.

Recuerda (Spellbound, 1945) es una de las películas más emblemáticas y vistas de Hitchcock en unos años de auge de la moda del psicoanálisis. Era época de una segunda- y particularmente cruel- posguerra para Europa, y se hacía necesario mirar estilaba el cine de las turbulencias interiores, (¿reflejo de las necesidades de una sociedad atormentada?)

La película transcurre con el motivo del mundo del subconsciente y sus traumas escondidos, del onirismo. Para ello se requirió, en los decorados, del talento del genio surrealista Dalí, probablemente el único artista existente capaz de dibujar un sueño tormentoso. Pero no nos engañemos: detrás de lo psicoanalítico se esconde una historia tan de Hitchcock como cualquier otra: sospechas, un asesinato reciente, y una historia de amor.

El atormentado en esta ocasión es el doctor Edwardes (Gregory Peck), recién llegado al equipo de un hospital psiquiátrico. Hitchcock nos presenta el primer contacto del doctor con sus colegas en una mesa del restaurante. Hay una expectativa en el ambiente: como se ha hablado de él previamente en la película, el público está esperándole. Ausente y atractivo, Edwardes encandila a la fría y racional doctora Petersen (Ingrid Bergman), a quien le intriga el doctor en todos los aspectos (a destacar especialmente la profunda turbación que éste muestra ante las rayas que dibuja un tenedor sobre un mantel blanco de restaurante).

Sea como sea, Hitchcock tarda en desestabilizar las equilibradas emociones de Constance Petersen lo que tarda el doctor Edwardes en aparecer. A raíz de esa atracción incontenible (no en vano spellbound viene de spell- fascinación, y el verbo to bind: ligar, atar) y en un acto impropio de ella, la doctora decide ir a ver a Edwardes una noche para hablar con él y…¿declararse? Sí, así de osada puede ser la doctora encarnada por la Bergman.

En este momento empieza esta escena imprescindible en el cine, por lo bien hecha, y por lo representativa de un hecho tan sencillo y complicado como es el enamoramiento, la pasión. Hitchcock, un formalista (nunca nos cansaremos de decirlo) dibuja con los elementos arquitectónicos y luminosos de su decorado, tan convencional como un pasillo y unas habitaciones, para dar forma a un sentimiento que acaba de nacer.

Petersen- Ingrid Bergman no puede dormir y decide visitar, pues, al nuevo doctor Edwardes- Gregory Peck. El espectador ya se identifica con ella: su temor, sus dudas. Su fragilidad atrapada en un decorado aséptico. Atención al dominio de la luz: la puerta de la habitación de ella está cerrada y por debajo, se escapa una rendija de luz fulgurante: ¿no la está llamando a que salga?

La doctora sube las escaleras. Esta acción tan cotidiana está cargada de representatividad en Hitchcock: no está subiendo unas escaleras, sino realizando una ascensión casi sagrada. Está cambiando de nivel, de alguna manera: haciendo camino hacia la culminación de su deseo. Las sombras y luces proyectadas sobre el camino de la doctora dotan a sus gestos de irrealidad: es una heroína.

Debajo de la puerta del doctor Edwardes también se vislumbra un rectángulo de luz. La doctora está a medio camino de su calvario, de una pasión contenida al primer esfuerzo de hacerla material. Pero ha de enfrentarse con su objetivo - rival. La música de Miklós Rozsa acompaña este trayecto de Ingrid Bergman en una utilización de la banda sonora totalmente propia del clasicismo, pero sin duda, efectiva. Los violines son flechas directas al subconsciente emotivo del espectador, en forma de oleadas desatadas progresivamente.

A la puerta del doctor, Ingrid Bergman duda y entra en la biblioteca para coger un libro (para despistar, diríamos) y tiene un momento de vacilación tan grande que empieza el descenso de las escaleras otra vez (un descenso más vulgar que el ascenso, por lo que tiene de claudicación, de vuelta a la banalidad) Hitchcock es malo pero no tanto: a medio tramo de escaleras ya tenemos a la doctora otra vez ante la puerta de Gregory Peck. La abre y entra. El atractivo doctor duerme sobre una silla y la entrada de ella lo despierta.

Tiene lugar una breve conversación -irrelevante- durante la cual Hitchcock nos dice, en imágenes, que esas dos personas se están enamorando. Toda esa tensión argumental y sexual pide una resolución: ¡es cine clásico! Y en efecto: primer plano de Bergman - primerísimo primer plano de Peck - plano detalle sobre los ojos de Bergman y…el beso, finalmente. Fundido sobre ese apasionado beso, el travelling avante de la cámara, que sugiere de modo inmediato un camino hacia algo incierto, pero sublime. El amor abre las puertas al futuro y las puertas al conocimiento: del otro y de uno mismo.

Hitchcock descubre mediante mecanismos de puesta en escena, un concepto, un sentimiento universal y que el cine a esas alturas de su historia ya sabía de sobre cómo explicar. Plano-contraplano significa enamoramiento. Enmarcado en una escena con tiempos como ésta de Recuerda, con los juegos de luz y artificios (por remarcar su condición de elementos preparados, cuidadosamente dispuestos: nos hallamos en un estudio de cine, no en un entorno natural) que hay en ella, se hace muy patente para el espectador la pasión en su estado más puro e irracional.

Puro porque es el primer encuentro, despejado de prejuicios, de los dos protagonistas. Irracional, porque esa unión entre Petersen y Edwardes es un camino hacia la incertidumbre. Edwardes tiene conflictos interiores profundos, enterrados en el subconsciente. La duda sobre si él es el asesino del antiguo director del centro psiquiátrico planeará sobre él a lo largo de casi todo el filme. Deberá escapar del hospital y refugiarse con la doctora en la consulta del antiguo mentor de ella, el menos hasta que los puntos oscuros que alberga su pasado sean resueltos.

Recuerda es más suspense que psicoanálisis, y cómo no, es el “falso culpable” de Hitchcock, en este caso, galán magistralmente encarnado por Gregory Peck. Constance deberá otorgarle el beneficio de su confianza. Se lo dará, porque ha quedado atada (spellbound) a él mediante la pasión, desde esa fabulosa escena inicial que -ya sea por su estilización o por su belleza- queda grabada en el subconsciente del propio espectador.








...por Elena Díaz ...por Elena Díaz


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