La crÃtica ha designado de forma unánime a “Roma, ciudad abierta” como estandarte del neorrealismo italiano. Es más, numerosos directores modernos han declarado sentirse hijos de la manera de hacer cine que inauguró Roberto Rossellini con esta obra.
Son muchas las razones por las que esta pelÃcula merece un puesto de honor en la estanterÃa de todo cinéfilo, pero su valor fundamental es que no ha perdido vigencia. Secuencias como el asesinato de Pina, que se desencadena y se resuelve sin dramatización alguna en tan sólo unos segundos, son vistas hoy -para bien o para mal- como verÃamos un reportaje de guerra, con un doloroso sentimiento de actualidad.
CorrÃa el simbólico año 1945 cuando un joven realizador, Roberto Rossellini, aprovechaba colas de pelÃcula velada para rodar esta historia en las ruinas de una Roma desocupada desde hacÃa aproximadamente un año. El guión de “Roma, ciudad abierta” fue escrito por el mismo Rossellini en colaboración con Sergio Amidei y Federico Fellini, y estaba basado en un suceso real: el asesinato de un sacerdote a manos de la Gestapo, acontecido durante la ocupación nazi de Italia.
Sin embargo, éste no era el debut cinematográfico de Rossellini. El cineasta habÃa realizado ya algunos cortometrajes durante la década de los 30 - es de destacar su “FantasÃa sottomarina”, de 1939 - y habÃa dirigido la que se conoce como su trilogÃa fascista: “La nave bianca” (1941), “Una pilota ritorna” (1942) y “L’uomo della croce” (1943). Estas tres pelÃculas de temática bélica y propagandÃstica fueron producidas y realizadas bajo el amparo del régimen del Duce. Le sirvieron a Rossellini para adquirir soltura en el lenguaje cinematográfico y rodar la pelÃcula que le hizo grande a ojos del mundo, particularmente a ojos de una estrella apellidada Bergman (aunque esta historia la explicaremos en otro momento).
En “Roma ciudad abierta”, Rossellini enseña a través de varios personajes cómo vivÃa el pueblo romano en aquella ciudad recién declarada “abierta”, pero todavÃa dividida en zonas. Manfredi, ingeniero y miembro de la resistencia, huye de las represalias nazis y se esconde en casa de Pina y su prometido Francesco. Cuando detienen a Francesco, Pina no se resigna y corre detrás del camión que se lo lleva: por ello, es asesinada a sangre frÃa, de una ráfaga de tiros. Tras este suceso, Francesco se refugia con Manfredi y su amante Marina: una bailarina de revista unida a una agente nazi por algo más que una amistad. Será esta agente la que provoque la detención y tortura hasta la muerte de Manfredi, una de las imágenes más crudas de la pelÃcula. Al mismo tiempo, Don Pietro, el cura comunista que habÃa ayudado a este pequeño núcleo resistente (y que proporciona algunos de los momentos cómicos de la pelÃcula) también ha sido capturado y va a ser fusilado.
Es una historia a retazos, que se centra a ratos en un personaje y a ratos en otro pero que tiene un indiscutible reflejo colectivo, y que concluye de forma abierta cuando un grupo de niños - entre los que se encuentra el hijo de Pina- se aleja de las alambradas en una especie de alegórica esperanza de libertad. La maestrÃa de Rossellini en este retrato social es combinar la objetividad con el más puro subjetivismo. La mirada “documental” se conjuga sin reparos con el dominio, para sus intereses, del lenguaje cinematográfico clásico. Una sÃntesis muy efectiva, especialmente sobre la emotividad del espectador. Y es que ciertas escenas, como la charla de Pina y Francesco en el rellano de su escalera, parecen extraÃdas de un melodrama. Asimismo, Rossellini sabe hasta qué punto controlar la planificación para mostrar sutilmente quiénes son los buenos y quiénes los malos en la Roma que dibuja. Una planificación que delata la mirada de quien está detrás de la cámara, hecho que contrasta con la presencia de secuencias de lo más espontáneo, captadas sin ninguna pretensión de dilatar el tiempo.
“Roma, ciudad abierta” es innovadora en muchos sentidos. Sin ir más lejos, la protagonista femenina- una Anna Magnani como pocas veces hemos vuelto a verla- muere hacia la mitad del metraje. Se trata de un mecanismo narrativo poco habitual que nos indica el poco estatus del protagonista en un relato que se presume real. Pero, particularmente, habrÃa mucho que decir de Roma ciudad abierta desde el punto de vista formal.
La pelÃcula rompió todos los moldes del acartonado cine que se estilaba en la Italia de Mussolini. Fue rodada en escenarios naturales - las mismas ruinas de la ciudad después de la guerra, sin iluminación añadida y además, con actores no profesionales, salvo la Magnani, que era una artista de variedades relativamente conocida. Filmar con “gente de la calle” le permitió a Rossellini reflejar sin ningún tipo de estilización la manera de ser del pueblo romano: cómo hablaban en dialecto entre ellos, cómo vivÃan en las calles de aquella Roma de los años cuarenta.
Con esta precariedad de medios rodó Rossellini su crudo retrato de la posguerra. Hay que pensar que muchas de las decisiones estéticas de la pelÃcula, hasta cierto punto, no fueron intencionadas. Por ejemplo, la decisión de rodar en exteriores se explica porque a causa de las bombas, no habÃa quedado en Roma ningún estudio cinematográfico en pie. De todas formas, no son tan importantes estas limitaciones técnicas como el estilo casi documental con que Rossellini proyectaba su mirada sobre los elementos que colocaba delante de la cámara, fuesen éstos cuales fuesen. Esta mirada comprometida sobre la realidad más cercana, pretendiendo desentrañar una verdad, será el sello de fábrica del cineasta en toda su filmografÃa. Y es que aunque esté haciendo una ficción, como es el caso de “Roma, ciudad abierta”, no siempre nos damos cuenta de ello. Por extraño que suene.
La grandeza fÃlmica de “Roma, ciudad abierta” también reside en la manera de narrar. El hilo argumental no sigue las pautas de un relato clásico, con su correspondiente planteamiento, nudo y desenlace. La acción es inestable y su ritmo varÃa, cosa que crea una cierta incomodidad en el espectador.
Se podrÃa decir que Rossellini va trazando su retrato según las posibilidades que la realidad le pone al alcance de la mano. Esa manera de trabajar sobre el terreno, sobre lo real, abrirá paso a unos nuevos aires en el cine europeo: aires de libertad. Asà hemos de entender (por qué no) “Roma, ciudad abierta”, como la liberación no sólo de una ciudad, sino también del cine.

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“Roma, ciudad abierta” fue estrenada y vÃctima de censura. En Estados Unidos se corto a un solo cuarto de hora. En Argentina se retiro de la cartelera por una orden anónima del gobierno en 1947 y en Alemania occidental se prohibió entre 1951 y 1960.
Yo considero “Roma, ciudad abierta” como la pelÃcula manifiesto del neorrealismo italiano.
Roberto Rossellini tenia una fuerte necesidad de contar los últimos acontecimientos y empezó a rodar “Roma, ciudad abierta” en la ciudad destrozada, y como todo el mundo sabe esto juntamente con la intervención de actores no profesionales es una caracterÃstica del neorrealismo.