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Sacrificio: Secuencia “el sacrificio”, finalmente

“Me expreso a través de imágenes, y vosotros, ¿queréis darle un sentido a través de palabras? No me forcéis a ser crítico” declaró Andrei Tarkovski (1932-1986) en alguna ocasión, así que difícilmente –y también por respeto…- se puede abordar aspectos de su obra mediante códigos lingüísticos.

Tarkovski quiso acercar su idea acerca del sacrificio como acto escindido de cualquier actitud (cosmovisión, incluso) primaria, egoísta. Se trata de la ruptura con el mundo material(ista), con la supremacía sistemática del “yo” frente al “otro”. Según Andrei, la liberación respecto a las leyes “lógicas” deriva en una serie de transformaciones “invisibles” que se concatenan en un terreno ajeno a la realidad (física, material).

El autor de Sacrificio (1986) nos mostró, de hecho, en esta película, a un individuo saturado de palabras y ávido de actos (de compromiso): “Dios, qué cansado estoy de hablar… ¡Palabras, palabras! (…) Si alguien dejara de hablar e hiciera algo! O intentara hacerlo…”, nos adelanta este hombre, Alexander, al inicio del film. Intuye los riesgos de una concepción del progreso basada en el desarrollo tecnológico, cuyo sentido se mueve entre el fin en sí mismo y los intereses económicos se subyacen. Considera la posibilidad de la autodestrucción humana, y la reafirma ante una guerra nuclear inminente. Así que asume el compromiso moral y promete a dios deshacerse de sus posesiones si se evita el desastre. Esta decisión implica, casi, su (auto) inmolación: (además de perder también a su hijo,) será ingresado en un psiquiátrico (al creerle víctima de enajenación): la negación de la consciencia de un individuo supone una alienación ontológica, “muere” al negársele su capacidad intelectiva y cognitiva.

Alexander deja de hablar y hace algo: acopia algunos muebles y acerca la llama. Con una serenidad y satisfacción que no se habían vislumbrado en su faz hasta ese instante, enciende el aparato de música y observa, por última vez desde el porche de la casa, el horizonte. El fondo sonoro electrónico coincide –siguiendo la reflexión de Tarkovski al respecto- con las vibraciones de la psiquis (incluyendo las emocionales) de un hombre que ha vivido un proceso de desligamiento en relación a una coyuntura que le resulta absurda y alcanza el clímax de su catarsis en el instante en el que materializa esa ruptura. Y esa brecha se abrió con una finalidad irrevocable de ofrecerse por el mundo. Tal vez no sea altruismo (el pánico ante la catástrofe atómica aparecía en su cara como en las demás…), tal vez sea, simplemente, la necesidad que siente un hombre con profundas convicciones, que sufre un desolador desencuentro con el mundo (con el “otro”), de asumir un compromiso explícito que lo exonere de sus fantasmas. Quizá sea, simplemente, la búsqueda de gratificación psicológica frente a los intensos bombardeos a los que su mente le somete: si cree firmemente que la humanidad está equivocada, que se ha llegado a un extremo de barbarie (no sólo física, sino moral) insostenible, ¿qué se puede arreglar con otra oportunidad conseguida mediante un sacrificio anónimo –ignoto, entonces- y que la deja en el mismo punto previo?: mientras permanece sentado frente a su hogar en llamas, está anegado de paz interior, de calma. No quedan conflictos. Se acaba su guerra.

No obstante, Tarkovski planteó la posibilidad de múltiples interpretaciones: cabe, para él, la del sacrificio real por la humanidad, la del “milagro divino” (y por cierto que el director ruso reconoce sus creencias religiosas), la del cariz esotérico (por la influencia de María, madre del hijo de Alexander y “bruja”) o la que sostiene que tal guerra nuclear sólo existió en la mente del protagonista y, consiguientemente, es recluido en el psiquiátrico. La percepción de la historia “dependerá de las creencias de cada espectador”, señala.

Curiosamente, durante la grabación de la secuencia final en la que Alexander “ejecuta” su sacrificio la cámara falló. Cuatro meses de trabajo en vano. El equipo, bajo una situación de presión y en un clima de tensión tuvo que construir con vigas y tablas una segunda casa idéntica en pocos días. Para Andrei Tarkovski fue una demostración inequívoca (una prueba irrefutable) de lo que es capaz el ser humano “cuando cree en algo”. El director hizo hincapié en esta y otras concomitancias entre la película y su propio devenir… (Otro ejemplo: en el primer boceto de la película, Alexander era un hombre enfermo de cáncer. Tarkovski conocía su enfermedad mientras trabajaba en este proyecto. De hecho, murió poco después de terminarlo.) Con uno de los planos secuencia más largos de la historia del cine, de unos seis minutos de duración, se pretende incorporar emocionalmente al espectador. Para que éste pueda participar en el comportamiento aparentemente absurdo de una persona que rechaza lo prescindible, en el acto de locura (?), tiene que vivirlo en tiempo real. De esta forma, Andrei Tarkovski intentaba distorsionar la percepción del espectador para hacerla coincidir con la consciencia (¿enferma?) de Alexander. La implicación emocional, no es entendida, desde luego, como un simple movimiento de víscera, sino como una experiencia catártica en la que se híbrida el sentimiento y el intelecto, una conmoción “supraemocional”.

La búsqueda de la sencillez en la imagen es un proceso tormentoso, con dificultad se consigue representar lo que se quiere expresar, y Tarkovski alcanza una destreza comparable únicamente a algunos clásicos del norte de Europa (de hecho, Sacrificio es –considerada- una “película sueca hecha por un ruso”: ¿será que contó con la ayuda de Sven Nykvist, fiel colaborador de Ingmar Bergman?): “Cada imagen tiene una realidad irrepetible, y el director debe perfilarla hasta hacerla clara; cada toma tiene un tiempo que constituye su sentido profundo y propio, que hay que sacar de la materia, hacerla surgir del mármol: esculpir”.

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...por Rebeca Baceiredo ...por Rebeca Baceiredo


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