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Secuencia del huracán en El héroe del río (Steamboat Willie Jr., 1928, Chas F. Reisner y Busto Keaton)

“Una vez que conseguías interesar al público en lo que estaba haciendo el héroe, les molestaba profundamente cualquier cosa que le interrumpiera. Por muy sensacional que fuera el gag que les diera”.

Estas palabras que escribe Buster Keaton en su autobiografía indican la conciencia narrativa de un autor demasiadas veces visto como actor al servicio de gags imposibles. Si algo tenía claro Buster Keaton era que el público debe ir de la mano del protagonista, y que sólo así la historia funciona, sea comedia, terror o drama. El cine es una línea que recorre el héroe desde un punto a otro, y nada debe distraer al público de esa línea sino, el peor enemigo, el aburrimiento.

Oí decir a Matt Groening, el creador de -”The Simpsons” y “Futurama”, que a medida que avanzaban las temporadas de los “Simpson”, se veían obligados a multiplicar el número de gags, porque el espectador ya no aguanta más de diez segundos sin que algo que esté ocurriendo en la pantalla le haga sonreír. Bien, a ese límite de un montón de gags por minuto ya había llegado Buster Keaton en 1928. La que para muchos es su película más desfasada y loca, la más divertida, “El héroe del río”, es una sucesión ininterrumpida de gags. Quizás no te rías, seguro que no lloras, pero nunca te aburres.

Escoger un momento concreto del film es una quimera, porque pasan tantas cosas que nos dejaríamos demasiados momentos desternillantes en el tintero. Sin embargo, si por algo se recuerda “El héroe del río” es por la larga secuencia final, donde un huracán arrasa una población en la ribera del Mississippi y el protagonista, un joven estudiante pijo y refinado, el mismo Buster, salvará a su padre, su novia y al padre de esta, el rico empresario que quiere desbancar al padre de Buster en el negocio de los transportes por el río. Nuestro héroe le demostrará a su padre que se ha convertido en un hombre valiente, hecho y derecho, aunque no sea tan alto ni tan fuerte como él, y encima se quedará con la hija de su enemigo, provocando la reconciliación final entre ambos.
Pero si bien la trama es esta, muy sencilla pero perfectamente estructurada desde la llegada de Buster al pueblo de su padre después de años sin verlo, y la sorpresa de este cuando comprueba que su retoño no es el rudo trabajador que él soñaba, sino “un tonto del culo”, como se describió a sí mismo en la película el mismo Keaton. La trama, siendo perfecta, es un vehículo para el festival de gags, y pocas veces ha habido tal acumulación de momentos de comedia física (el subgénero del que Buster era el rey) como cuando el huracán arrasa la población a orillas del río.

Como he dicho al principio, la sucesión de peripecias no entorpece el cometido de Buster (su mismo rostro impasible era todo un símbolo de la determinación del personaje a conseguir sus objetivos contra viento y marea), y este luchará con todas sus fuerzas en medio del huracán para salvar la vida de su padre, a punto de ahogarse en la cárcel donde lo han encerrado, arrastrada por el río, a su novia y al padre de ella.

Instantes gloriosos durante el huracán, los que queráis, aunque ha pasado a la historia el momento en que a Buster se le cae la fachada de una casa encima y salva la vida porque estaba situado en el punto exacto que coincidía con la ventana de la fachada, librándose así de ser aplastado. Y lo mejor es que él no se ha dado ni cuenta. Esa es la clave. Buster sigue su camino y corre mil peligros pero es que no se da cuenta de lo que le ocurre (otro momento solemne: el tipo durmiendo en una cama de hospital, cuando el viento del huracán arranca de cuajo el edificio dejando tan sólo el suelo con las camas tal y como estaban. Buster se despierta y el hospital ha desaparecido. Bien, perfecto. Vuelve a meterse entre las sábanas, asustado. El viento arrastra entonces la cama hasta que llega a un establo. Buster se destapa, y delante suyo, una hilera de caballos… Y así hasta la extenuación). Si el personaje reaccionara ante lo que acontece, necesitaría tiempo de reacción, para decir “Dios mío, qué terrible lo que me está pasando”, lo que provocaría una caída en picado del ritmo de la película, por lo que es mejor que las cosas le pasen y él, siempre distraído, siempre en la Luna, no se de ni cuenta pero vaya salvando el pellejo por poco.

La producción de la secuencia costó un dineral, unos 100.000 dólares construir el pueblo para luego destrozarlo. Curiosamente, Buster pensó primero en que fuera una inundación, y no un huracán, pero su productor Joseph Schenck alegó que las inundaciones eran un tema demasiado dramático en Estados Unidos, y que mucha gente podría sentirse herida porque habían perdido familiares en tragedias así. Cuando hubo rodado la película con el huracán, Buster comprobó que en Estados Unidos habían al año más víctimas a causa de temporales de viento que de inundaciones, y que además, habría costado menos la inundación que el huracán. Pero a la larga, no importa, lo único que tuvo que hacer antes de rodar es reescribir algunos gags y ponerse en marcha en este prodigio de esfuerzo y talento físico (es increíble y uno nunca deja de pensarlo: la palabra doble no existía para Buster Keaton, “la balleta humana”), con caídas, trompicones, carreras y saltos imposibles (Buster siempre decía que él, en su época de vodevil con su familia en los teatros de América, había aprendido a caerse sin hacerse daño, y que esa era la clave de su éxito y de su longevidad como artista) a los que hemos de sumar una imaginación desbordante (cito también la forma con la que salva a su padre, pura tecnología keatoniana) y un esfuerzo económico y humano que, probablemente, en aquella época sólo podía permitirse él.

En 1928, Buster era uno de los reyes de Hollywood. Sin embargo, ese año fue también el punto de partida de su decadencia en la industria. “El héroe del río” significaba su novena colaboración como unidad independiente con el productor Joseph Schenck desde 1923. Con Schenck, Keaton tuvo libertad absoluta para crear maravillas como “El maquinista de la General”, “El moderno Sherlock Holmes” o “El colegial”, sin embargo, después de terminar “El héroe del río”, Schenck le convenció de que rodara sus películas dentro del estudio de la MGM, lo que significó más medios (la MGM era ya en aquella época, el estudio de las estrellas) pero una pérdida de libertad de movimientos, ya que Buster era allí uno más entre los grandes nombres del estudio. Antes de decidirse se dejó aconsejar, y los otros dos grandes mitos de la comedia muda, Chaplin y Harold Lloyd trataron de disuadirle, pero Buster cometió, finalmente, uno de los peores errores de su vida. Con la MGM rodó dos comedias más, y poco a poco fue obligado por el estudio a participar en films de los que no se sentía particularmente orgulloso. Luego el alcoholismo, la oscuridad y pasados los años, el reconocimiento de un mundo que le debe mucho.

Hoy día, muchos opinan que Keaton está a la altura de Chaplin. Yo lo creo así, de hecho, sus films me parecen menos sentimentales y más cinematográficos, aguantan mejor el paso del tiempo. De hecho, me lo he pasado en grande visionando de nuevo las desgracias en cadena de este pobre Steamboat Bill Jr., “El héroe del río”.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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