En 1958 se estrena “Sed de Mal”, de Orson Welles, y el género del cine negro alcanza una de sus máximas cotas de calidad, a la vez que finiquita oficialmente su existencia como tal.
Una película fascinante, sucia, oscura incluso a la luz del día, llena de hallazgos técnicos y, como empezaba a ser habitual, maltratada por unos estudios empecinados en no ceder el control total del film (principalmente en su fase de montaje) a su único responsable, su autor. Un Orson Welles que a partir de ese momento se convertiría en un nómada del cine, buscando financiación en Europa para sus proyectos y actuando, también por esa misma razón, en gran número de films ajenos. Hasta los años noventa, no se ha dispuesto de una versión de “Sed de mal” tal y como la concibió su creador. Los estudios nunca se portaron bien con Welles, descuartizaron el montaje de sus obras desde “El cuarto mandamiento” (1942) hasta esta misma “Sed de mal”.
El film cuenta como el honrado policía mexicano Vargas (Charlton Heston), junto con su esposa Susan (Janet Leigh) presencia el asesinato de Rudi Linnekar, un rico magnate, en un pueblo de la frontera de México con Estados Unidos. La investigación por esta muerte será conducida por Hank Quinlan (Orson Welles), orondo policía de dudosos métodos. El choque con Quinlan, y la aparición de la corrupta y peligrosa familia Grandi, de quien Vargas capturó a uno de sus miembros, serán los problemas a los que se enfrentará el agente mexicano. El momento en que Vargas y Susan presencian el asesinato del magnate Linnekar es mostrado por Welles en uno de los planos más famosos de la historia del cine. Un plano secuencia que empieza con las manos del asesino colocando una bomba en el coche de Linnekar. Luego, la cámara (instalada en una enorme grúa) se desplaza por varias manzanas de la ciudad mostrándonos alternativamente al matrimonio Vargas paseando, y al magnate que ha subido al coche con un ligue. Tres minutos más tarde, y sin un sólo corte de montaje, en la misma frontera, la bomba explota ante la atónita mirada de Vargas y Susan. El plano es un prodigio técnico, tanto visualmente (los movimientos de personajes y cámara responden a una estudiadísima coreografía), como en el aspecto sonoro (apreciable ahora con el nuevo montaje. Welles diseñó un esquema sonoro de gran sofisticación con, por ejemplo, las músicas que entran y salen, procedentes de los diferentes bares que recorre la cámara; aunque todo el film es sobresaliente en este aspecto del sonido, a la secuencia final me remito. No olvidemos tampoco que Welles procedía del mundo de la radio).
“Sed de mal” reúne muchos de los aspectos característicos del cine de Welles. Cada plano, esos contrapicados en los que vemos los techos, el uso de la profundidad de campo, nos remite a sus anteriores películas, a su concepto radical de lo que debe mostrar la cámara. Una cámara subjetiva en concepto, que absuelve o culpa a los personajes, se enfrenta a ellos, los juzga, deja entrever sus flaquezas y sus puntos fuertes. Welles manejaba el lenguaje de la imagen como nadie, al servicio de la historia y respondiendo a su propio concepto del cine. Un plano de Welles se reconoce siempre.
Otro aspecto de “Sed de mal” habitual en el resto de la filmografía de su autor es el discurso sobre el poder y el uso que se hace de este. Quinlan representa el poder policial, que se sirve de métodos ilegales (manipula las pruebas para acusar a criminales que, él no lo duda, son culpables) para llegar a lo legal. ¿Hasta dónde debe llegar entonces la justicia? ¿No tiene razón Quinlan, y es la propia justicia, con su burocracia y sus leyes, un impedimento para alcanzar la verdad? ¿Importan los métodos siempre que se alcance esa verdad?
La película contiene escenas de sorprendente modernidad, ya sea el plano secuencia del principio, o por el momento en el que la familia Grandi (una suerte de banda pre-punk, que parece salida de la película “Salvaje” de 1954, con Marlon Brando) acosa a Janet Leigh en la habitación del motel, en una escena viciosa, llena de drogas y violencia latente. Dos años más tarde, en “Psicosis” (1960, Alfred Hitchcock), la misma Janet Leigh sería acuchillada en un motel muy parecido a este, con un dueño (Anthony Perkins) clavadito al frágil y un tanto psicótico encargado que aparece aquí.
Más allá de ese Quinlan “bigger than life” bordado por Welles, encontramos a Vargas interpretado por Charlton Heston, en la que para mi es la decisión más desacertada del film, ¿alguien puede tragarse que Heston es un policía mexicano? No colaba en 1958 y menos ahora, cuando sabemos cómo se las gasta el otro Judá Ben Hur con la facha y ultranorteamericana Asociación Nacional del Rifle. La decisión tiene remisión porque fue el propio Heston, en la cúspide de su carrera, quién forzó a la Universal para que Welles dirigiera la película, además de actuar en ella.
El considerado último film noir (afirmación un tanto exagerada, como suele ser habitual en este tipo de sentencias críticas), tiene un poético lazo con el pasado narrativo en el personaje encarnado por Marlene Dietrich. Entre ella, Tanya, una prostituta que lee el futuro en la palma de las manos, y Quinlan existió una relación que siempre se nos presenta en claroscuro y de manera extremadamente delicada.
“Léeme el futuro”, le pide Quinlan a Tanya. “No tienes ninguno”, le responde ella. No lo tenía Quinlan y su concepto de la justicia, ni el cine negro tal y como había existido hasta entonces, ni la propia carrera de Orson Welles, alejada cada vez más del yugo de unos grandes estudios incapaces de entender que la libertad es la palabra más importante para un autor como él. A “Sed de mal”, por cierto, le seguirían dos obras maestras de la talla de “El proceso” (1962), y “Campanadas a medianoche” (1966). Las dificultades que representaban el dinero y los productores, nunca mermaron la capacidad creativa de Welles.

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Efectivamente “Sed de mal” alcanza la cumbre del cine negro gracias a Orson Welles, es una película intemporal.
El plano secuencia inicial de “Sed de mal” es espectacular. Los contrapicados, los movimientos de cámara, los travellings… para una película rodada en interiores, es fantástica.
“Un buen detective, un pésimo policía”.
Parece mentida como Orson Welles adaptó “Badge of Evil” una obra menor de Whit Masterton. El resultado “Sed de mal” una impresionante película.
Las actuaciones de Charlton Heston, Marlene Dietrich, Janet Leigh, Joseph Calleia con la dirección de Orson Welles crean una película de cine negro inolvidable.
Orson Welles demuestra con “Sed de mal” como llego a ser de innovador en el mundo del cine.