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Vértigo

Corría el año 1956, y varios problemas legales habían impedido a Hitchcock iniciar la producción de un film sobre las andanzas de un reportero en África.

Virando radicalmente de objetivo, en esta su etapa de mayor exuberancia creativa, se propuso rodar un film basado en el relato “D’entre les morts”, de Pierre Boileau y Thomas Narcejac.  El relato en sí no prometía mucho, una trama detectivesca bastante plana, pero Hitchcock sabía que con esa base podía edificar un film lleno de pasión y misterio, una historia que llegaba al nivel poético que muchos de sus films de suspense no habían podido siquiera rozar.

Al proyecto de “Vértigo” se unieron el guionista Samuel Taylor, James Stewart como protagonista masculino y Vera Miles de estrella femenina. Desgraciadamente para Hitchcock, Miles quedó embarazada, y otra de sus opciones, Grace Kelly, su actriz favorita, decidió cambiar Hollywood por el Principado de Mónaco anulando así cualquier posibilidad de incorporarla al reparto. Kim Novak, de quien el director llegó a mofarse en más de una ocasión, se encargó finalmente de interpretar al doble personaje del film.

La fotografía de Robert Burks en technicolor, la partitura de Bernard Herrman y habituales de Hitchcock como la figurinista Edith Head completaron el staff del nuevo proyecto del mago del suspense para 1958. Cuántos de ellos sabían lo que Hitchcock se traía entre manos, nadie lo sabe, probablemente ninguno esperaba un nivel de compromiso personal tan alto por su parte, rozando niveles obsesivos, y mucho menos se aventuraban a pensar que “Vértigo” se convertiría en una de las películas más arrolladoras y profundas de la historia del cine.

La inolvidable historia de “Vértigo” es, muy superficialmente, esta:
Scottie Ferguson (James Stewart) se ha retirado del servicio como detective de policía debido a que se le ha diagnosticado agorafobia (no tolera las alturas) acaecida a raíz de un incidente en pleno servicio, en el que Scottie no pudo salvar la vida de un compañero de la policía en una persecución de un criminal por los tejados de San Francisco. Una mañana Scottie visita a un antiguo colega de la escuela, Gavin Elster (Tom Elmore), que lo ha localizado para proponerle un trabajo detectivesco muy delicado: su mujer Madeleine (Kim Novak) puede estar poseída por el espíritu de su antepasado Carlota Valdés, muerta por suicidio cien años atrás. No sin ciertas dudas por la extraña petición de su amigo de juventud, Scottie decide emprender la investigación. En los subsiguientes días sigue a Madeleine en su extraño deambular por toda la ciudad de San Francisco, hasta que una mañana, sin aparente justificación, se lanza a la bahía. Scottie reacciona rápidamente y se lanza a salvar a Madeleine de una muerte segura.  El detective retirado llevará a Madeleine a su casa, para que descanse y se recupere de lo sucedido. A partir de este momento, una vez ambos se conocen, y sin que Scottie le desvele que Elster le ha contratado para seguirla, los dos empiezan a sentir un sentimiento de agrado mutuo que progresivamente se convierte en pasión a medida que Madeleine muestra más y más síntomas de estar poseída si no por un antepasado, sí por un misterio inaprehensible y lleno de fascinación para Scottie. Durante una de las tardes que pasan juntos, en la iglesia de una misión española, Madeleine, desquiciada por los fantasmas de Carlota Valdés, corre sin previo aviso escaleras arriba hacia el último piso del campanario. Scottie, temeroso de lo que pueda hacer Madeleine, la sigue, pero se ve obligado a detenerse, angustiado por su agorafobia. Se oye un grito. A través de un ventanuco, Scottie ve caer al vacío a Madeleine de la cima de la torre.  Al cabo de un tiempo, Scottie empieza a recuperarse del trauma que le ha causado el suicidio de Madeleine. Su amiga de siempre Midge (Barbara Bel Geddes) hace lo posible para que Scottie vuelva de nuevo a la normalidad y olvide que Madeleine existió y le robó el corazón, pero un día, paseando por la calle, Scottie encuentra a una chica, Judy Barton (otra vez Kim Novak) que le recuerda vivamente a Madeleine. Pondrá todo el empeño para conocerla y trabar relación con ella. Una vez Judy se deje “conquistar” por Scottie, descubriremos que lo que de verdad quiere hacer él es convertir a Judy en su amada y desaparecida Madeleine. De este modo, le pide que se tiña el pelo como ella, que vista la ropa que solía llevar la fallecida, que ande como Madeleine solía andar. Judy cede por el amor que siente por Scottie, a pesar de que la verdad de lo que ha sucedido empieza a torturar sus pensamientos: pronto averiguamos que ella misma es Madeleine, y que todo lo que vivió Scottie con ella fue un engaño urdido por Gavin Elster para deshacerse de su mujer sin levantar sospechas. Judy fue contratada por Elster e interpretó su papel como la falsa esposa de Elster poseída por Carlota Valdés, de tal modo que Scottie se sintiera atraído por ella y por su misterioso comportamiento, hasta el punto de que no le resultaría difícil seguirla escaleras arriba en aquel campanario de la misión española, y con el conocimiento que tenía Elster de que Scottie no podría subir hasta el último piso por su agorafobia, decidió que sería allí donde él tendría atada a su mujer, la verdadera Madeleine, a la que lanzaría al vacío, mientras él y Judy se ocultarían hasta que todo pasase. Scottie nunca sabría la verdad, él pensaría que había presenciado un suicidio, y no un asesinato, y nadie sospecharía de que el culpable era Gavin Elster.

Una noche que Judy, ya totalmente metamorfoseada en Madeleine, y Scottie van a salir juntos, en un providencial descuido de ella, Scottie ata cabos y descubre que ha sido engañado. Derrotado, acongojado por la revelación de que los sentimientos que ha vivido son fruto de una gran mentira, necesitará que Judy confiese, y para ello, la lleva al lugar donde todo terminó para él, al mismo campanario de la misión española donde murió la Madeleine que nunca existió, aquella imagen (mitad engaño y fantasía, y mitad Judy Barton) de la que él estuvo enamorado. Judy, entre lágrimas, le cuenta la verdad a Scottie, y le confiesa que ella está sinceramente enamorada de él, y que ya lo estaba mientras interpretaba su papel de la embrujada Madeleine.  Scottie parece reflexionar, él estaba enamorado de Madeleine, pero esta era en verdad Judy Barton, y por ello quizás su futuro esté junto a esta mujer que ahora le implora amor entre sollozos. De repente, un ruido, alguien sube por la escalera, Judy se asusta, hace un gesto brusco, resbala y cae del campanario. La persona que subía cual aparición de entre los muertos era una monja. El grito de Judy mientras cae al vacío resuena en la torre. Scottie, al borde del campanario, intenta alcanzar con los brazos abiertos a la nada aquello que ha perdido por segunda vez en el mismo lugar.  En este último gesto de un Scottie ya sin agorafobia, pero impotente ante la repetición de la tragedia se concentra todo el drama de un film ante el cual sobran las palabras.

“Vértigo” debe verse y vivirse, sobre todo, dos veces. La primera para ser testigo de la historia entre Scottie y Madeleine como la vive el propio detective, como un precioso y brumoso proceso de fascinación y enamoramiento que termina en tragedia. La segunda vez es, aunque necesaria, mucho más triste, porque ahora vivimos la historia de amor de Scottie sabiendo que lo están engañando, con la impotencia de ver a un hombre consumirse por un ideal falso sin que podamos avisarle de que lo están manipulando.

“Vértigo” es por ello, en su primer visionado, un irrepetible poema cinematográfico, y en el segundo, la versión más cruel del suspense hitchcockiano.

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...por Marc Monje ...por Marc Monje


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4 comentarios en Vértigo

  1. “Vértigo” es una de las mejores películas de Hitchcock. A mi me encantó.

  2. La finura que tiene Hitchcock en “Vértigo” para introducir elementos sexuales es sublime.

  3. Y que lo digas, Hitchcock es un maestro, la ironía con la que utiliza la torre Coït en “Vértigo” es remarcable.

  4. Las imágenes de “Vértigo” son perfectas, Hitchcock creo con esta película una obra de arte en movimiento.

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