Georges Méliès no tuvo suficiente con ser un genio. Cuando realizó en 1902 su obra más recordada, “Viaje a la Luna”, pensó que por fin llegaba el momento de enriquecerse.
Esperaba que el film fuera visto por miles de espectadores, no sólo en Europa, sino sobre todo en Estados Unidos; auguraba colas en los teatros y millones en beneficios. Pero Méliès nunca se preocupó por la propiedad de sus pelÃculas, los copyrights, las patentes, y otros asuntos mundanos, cosa que sà hizo Thomas A. Edison, quien para cuando Méliès quiso estrenar el film en América, ya habÃa distribuido un montón de copias de “Viaje a la Luna” por todo el paÃs. Edison se llevó el dinero, y ni un dólar viajó a Francia a los bolsillos de Méliès.
Lo peor es que no aprendió. Georges Méliès era un artesano, un mago, un clown del entretenimiento, el pionero del espectáculo cinematográfico, querÃa maravillar al público, hacerles viajar a donde jamás hubiera imaginado ir ¿el espacio? ¿la Luna? ¿los astros? Todo estaba al alcance. Sus pelÃculas eran hitos increÃblemente tempranos del cine más espectacular e imaginativo, pero Méliès, que venÃa del mundo del teatro y las ferias, no entendió que el cine es un medio artÃstico caro, de tal forma que cuando sus pelÃculas dejaron de gustar, las deudas continuaron, hasta que tuvo que vender todo lo que tenÃa y acabar en la década de los veinte con un puesto de juguetes y dulces.
Georges Méliès, el inventor de la ciencia ficción cinematográfica, uno de los creadores más importantes del siglo XX vendiendo helados. Sin duda, el siglo pasado fue un periodo injusto.
“Viaje a la Luna” se realizó siete años después de que los hermanos Lumière organizaran las primeras proyecciones de cinematógrafo en el Grand Café de ParÃs. Es decir, una pelÃcula adelantada a su tiempo, llena de efectos especiales, se creó siete años después de la invención del cine. IncreÃble.
El propio Georges Méliès habÃa asistido a una de esas proyecciones de los Lumière, y al contrario que el público parisino asistente, que gritaba aterrorizado pensando que el tren que aparecÃa en la pantalla les arrollarÃa, Méliès se quedó prendado con el nuevo artefacto, y enseguida vislumbró mil posibilidades para crear nuevos espectáculos de magia e ilusionismo en su propio teatro, el Robert Houdin. Pronto se hizo con un aparato semejante al cinematógrafo de los Lumière (un bioscopio procedente de Inglaterra que el propio Méliès modificó) y empezó a experimentar con el nuevo invento. Contaba entonces con poco más de 30 años.
Entonces se inició uno de los mayores hitos de la historia del cine. Méliès rodó docenas de pelÃculas sin parar. En un principio esos films no eran más que escenas tomadas de la realidad, tal y como hacÃan los Lumière (un bebé llorando, una partida de naipes), pero pronto Méliès no tuvo suficiente con la simple observación de lo real, y su desbordante creatividad dio a luz a ficciones repletas de imaginación y audacia. Confiado en sus posibilidades, no tarda en fundar su propia productora, la Star Films, y construye sus propios estudios (los primeros de la historia) en Montreuil-suos-Bois, que consistÃan en un gran invernadero con cristal en las paredes y el techo para aprovechar asà la luz del sol y poder rodar sin necesidad de potentes focos que exigÃan generadores de corriente no disponibles en ese momento. Y llegará a rodar en pocos años unos 500 films, normalmente de unos 15 minutos de duración. Lo dicho, un hito.
En estos escasos años de frenética actividad, Méliès no para de explorar terrenos que, si no fuera por su desparpajo, no hubieran sido explorados hasta quién sabe cuándo: descubre la técnica de animación fotograma a fotograma (stop-motion), introduce transiciones -fundidos-, hace aparecer y desaparecer a los personajes en la pantalla, los hace volar, juega con los fotogramas pintados a mano… Sus films son un carnaval que te deja atónito, ¿cómo es posible? ¿cómo se le ocurrió? ¿cómo lo hizo?
“Viaje a la Luna”, ya digo, su obra más recordada, resume a la perfección lo que hacÃa Méliès con un invento, el cinematógrafo, que no tenÃa ni diez años de vida. La historia de unos cientÃficos medio chalados que en medio de una chanza sin fin van a la Luna, conocen a los selenitas y a todo tipo de criaturas y vuelven a ParÃs para ser condecorados es un film de 14 minutos lleno de gracia, una verdadera fiesta. Es todo tan alegre, tan natural… ¡como una canción de los Beach Boys! Ver a los barbudos cientÃficos pincharles el culo a los selenitas hace que el dÃa más gris se convierta en una jornada alegre y soleada.
La pelÃcula tardó tres meses en rodarse, y costó la friolera de 10000 francos de la época. Hay que tener en cuenta de que en aquel entonces, Méliès y su Star Films eran una de las empresas más exitosas del momento, y eso le permitÃa al francés preparar cada obra de la única forma que él sabÃa: artesanalmente.
Igual que los films de Méliès nos avanzan nuevas técnicas de filmación y efectos especiales, la otra cara de la moneda es que jamás abandonó este concepto artesanal, proveniente del mundo de la escena, del que hablo. Incluso en los tiempos más boyantes de la Star Films, el propio Méliès diseñaba y pintaba sus decorados, y cuidaba hasta el último detalle: vestuario, figuración…
A nivel visual, su herencia teatral quedaba patente en el concepto de sus films como escenas en forma de estampas de un solo plano cada una, con la cámara situada delante de los personajes, dando la idea de que estos están en un escenario de teatro. Méliès no tuvo el sentido visual de utilizar la cámara para crear planos, o el montaje para narrar cinematográficamente una historia. Films como “Viaje a la Luna” estaban formados por unas treinta de esas estampas estáticas, en las que la cámara jamás se movÃa y con todos los personajes en plano general. Desgraciadamente para él, cuando directores como David W. Griffith empezaron a experimentar con el lenguaje cinematográfico (el primer plano, el montaje), los films de Méliès quedaron desfasados, excesivamente teatrales y su carrera se fue a pique rápidamente. Esto sucedió en la segunda década de siglo, coincidiendo con la primera gran contienda mundial. Su estilo cada vez más pasado de moda, y la competencia con Pathé o Leon Gaumont le hacen perder el favor del público, y Méliès se ve obligado a deshacerse de sus estudios y malvender muchas de sus pelÃculas, que se han ido perdiendo al cabo de los años.
Luego vendrÃa la tragedia de un genio olvidado por el mundo vendiendo helados, hasta que en 1931 recibe la Cruz de Honor de la Legión, y los colegas de profesión empiezan a rendirle el respeto que merecÃa.
No sólo fue un innovador, un revolucionario de las imágenes, Georges Méliès es también el primer ejemplo de algo que ha sido la constante en la industria del cine hasta la revolución digital de nuestros dÃas: no basta con ser genial, es necesario tener una visión comercial, porque el cine es un arte ligado al dinero. Sin dinero no hay cine. Y de cine Méliès entendÃa, pero el dinero jamás le importó un comino.

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No me explico cómo uno de los creadores más importantes del siglo pasado, Georges Melies, acabara sus dÃas con un puesto de juguetes y golosinas.
Siempre nos quedará su pelÃcula “Viaje a la Luna” en la que nos narra una aventura imborrable.
Son esas paradojas que tienen el destino, Georges Melies vendiendo juguetes, helados, golosinas… Es como si Steven Spielberg acabara sus dÃas en un puesto callejero.